Ignacio Echevarría
Sábado 07 de Noviembre de 2009
La foto


Ignacio-Echevarria.gif

Juro que me enteré tarde de que esta columna, que tan irregularmente vengo escribiendo desde hace ya bastante tiempo, se presenta acompañada de una pequeña foto mía. Cuando me enteré, transcurridos ya unos meses, me pareció inútil protestar; y además temí, como no dejo de temer ahora, que la protesta fuese tomada por un gesto de ridícula coquetería.

No es eso, créanme. Lo de menos es que me cueste reconocerme en esa cabecita mal recortada, sacada de una foto ya antigua, que se corresponde mal con mi aspecto actual, mucho más huraño y envejecido. Se trata de algo más impersonal: de mi recalcitrante disgusto hacia esta costumbre, cada vez más extendida en diarios y revistas (universalmente extendida, de hecho), de “ilustrar” las columnas de opinión con el retrato de quien las firma.

No sé muy bien a qué atribuir este disgusto. Lo asocio al rechazo que me producen esas plaquitas que algunas empresas obligan a llevar a sus dependientes o a sus camareras, con su nombre escrito. En la insistencia en identificar no solamente con su firma, sino también con su rostro a los que escriben opinión, sospecho que se esconde —conscientemente o no, lo mismo da— algo más que una simple estrategia de acercamiento a los lectores. Se esconde la determinación de subrayar el carácter personal, y por lo tanto subjetivo, de esa opinión. De individualizarla. De —por así decirlo— privatizarla.

Me explico. Es cierto que la opinión siempre es personal (creo que era Roberto Calasso quien decía que “la opinión es la huella dactilar del yo”). Pero no lo es menos que el columnista o el articulista que colabora en un determinado diario o revista está ahí en cuanto se estima que su propia opinión es susceptible de “movilizar” la de los lectores, a los que no sólo interpela sino que también representa. El diario o la revista en cuestión cuentan, de hecho, con los efectos fidelizadores de esa movilización.

Por muy explícitos que sean los tradicionales avisos con que los editores declaran no suscribir necesariamente las opiniones de sus colaboradores, no por eso dichas opiniones dejan de quedar al amparo de la publicación en cuestión, que supuestamente se perfila y se caracteriza, entre otras cosas, por el acorde ideológico (dicho sea en el más amplio sentido) que el conjunto de esas opiniones emite.

Hasta hace poco, cabía hablar, al menos en la prensa europea, de una cierta ósmosis entre el nombre de los articulistas y la cabecera para la que colaboraban. Aun asumido su carácter personal, la voz del articulista sonaba, por así decirlo, amplificada por el medio que lo acogía, y de ello se derivaba una tácita, remota complicidad. Prueba de ello era que resultaba difícil imaginar a determinados columnistas escribiendo fuera de su propio medio (no digamos ya en un medio contrario, como tantas veces ocurre ahora).

Las firmas de los articulistas eran señales particulares de identidad que se superponían a la identidad global del medio en cuestión, que en cierto modo traslucía por debajo de aquélla. En la actualidad, las fotos dificultan ese trasluz. La opinión queda asociada a un rostro intransferible, que profundiza su individualidad, la relativiza más obviamente y, en definitiva, la desactiva. Se tiende de este modo al mutuo aislamiento de las distintas opiniones, proporcional a su proliferación cada vez más inconsecuente.

El rostro mismo del articulista se convierte en una fuente de prejuicios respecto a sus opiniones, y en cualquier caso, al poner cara a esas opiniones, socava su poder de abstracción, de forma que al lector le cuesta más hacerlas propias.

La consecuencia de esto viene a ser una merma de la capacidad que tenía antaño un diario o una revista para “articular” una cierta perspectiva sobre la política o la cultura de su sociedad, para constituir una comunidad de lectores afines en sus ideas, en sus gustos, en sus descontentos.

Los diarios actuales, en los que la opinión no deja de ganar peso en relación a la información (la cual, a su vez, pierde progresivamente neutralidad en aras de una acusada individualización de los propios periodistas, cada vez más pontificantes), dejan así de ser tribunas para convertirse más bien en pasarelas por las que desfilan opinantes de toda laya, más ocupados en ostentar la autoría de sus opiniones que en socializar y problematizar, a través de ellas, las inquietudes y los intereses de los lectores a las que van destinadas.

1 Comentarios publicados
Posteado por:
Alvaro Rojas
15/11/2009 08:52
[ N° 1 ]

¿Y que culpa tienen las fotos de esa pérdida de peso de las opiniones, esa liviandad, superficialidad que es generada por el monolitismo hegemónico del pensamiento único al que nadie o casi nadie se atreve a criticar?.
Las pasarelas permiten circular por sobre el pantano al que nadie quiere meterse por que hiede...por mas bellas flores y exóticas que muestre en su superficie.

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