Pedro Gandolfo
Domingo 09 de Enero de 2011
Vonnegut, un narrador brujo


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Pocos son los casos hoy de libros de la especie "inéditos póstumos" que se salvan de ser un recocido de la olla guisado por ávidos editores y escapan a la regla que indica, simplemente, que su autor no los publicó en vida porque, según sus propios estándares de calidad, no quería.

Mire el pajarito , de Kurt Vonnegut, plantea justo la interrogante contraria: ¿Cómo es posible que estos 14 relatos, cuál más cuál menos una obra maestra del relato corto, no se hayan publicado antes? Al parecer (es especulación), al ser obras tempranas, el extraordinario narrador norteamericano (1922-2007) pudo haberlas considerado superadas por el desarrollo posterior de su narrativa, sobre todo, novelística.

Los catorce relatos de esta colección recorren todos los géneros literarios (ciencia ficción, novela negra, sátira, narración sentimental, crítica social y política, humor negro, absurdo) y a menudo Vonnegut los combina con una maestría impresionante en la factura, inteligencia y mordacidad.

Por los cuentos de Mire el pajarito desfilan esa galería de personajes extravagantes, estrambóticos y extrañamente seductores que son uno de los sellos de la narrativa de Vonnegut: Fuzz Littler, un "fubar", expresión que le quedaba tan bien "como unos pantaloncillos de nylon cortos y ajustados"; el vendedor de contraventanas que es testigo (y saca astuto provecho) de la batalla conyugal provocada por una novel e indiscreta autora de novelas; el singular heroísmo de Harry y Claire Eliot, los simplotes burgueses que concurren a celebrar su aniversario de matrimonio en el mismo restaurante de los últimos catorce años, pero se ven envueltos en una pesadillesca historia gansteril; la apoteosis tragicómica del profesor de música George M. Helmholtz; el final del travieso y embaucador hipnotizador K. Hollomon Weems; Lowel Swift, adorado como dios por unas "personillas" que viajan en una nave extraterrestre; el entrañable Red Mayo y su reclamo justo aunque imposible de satisfacer; Ellen Sparks, quien descubre la estrategia para derrotar a un seductor impune; los dos mirmecólogos soviéticos que descubren una altamente civilizada cultura de hormigas premesozoicas extintas por la primacía del colectivismo; la delicadeza moral de Charley, un viejo policía de una pequeña localidad; Felix Koradubian, el falso psiquiatra y actual "asesor de homicidios"; Henry y Jane, ambos hijos de millonarios criados en una burbuja quienes "han sufrido un encontronazo estremecedor con la vida y la muerte y ahora querían saber lo que significaba"; la rebuscada manera que escoge Bárbara para explicar a su marido su infertilidad y ajustar cuentas con el pasado.

Vonnegut revela aquí un talento extraordinario para contener en un texto corto una historia larga. Esta singular concentración lo convierte en un modelo de narraciones cortas, captando con rapidez instantánea la atención del lector, sometiéndolo a un ritmo a veces vertiginoso y obligándolo, con la misma elegancia del hipnotizador de uno de sus relatos, a ceñirse a las reglas de su historia.

Con un estilo directo, penetrante, de trazo rápido y divertido, construye personajes y situaciones con perfecta eficacia: "Era un viejo despiadado, bajo, grueso, completamente calvo, con la complexión de una bala calibre 45. Estaba furioso. '¿Qué diablos pretenden? ¿Volver locos a los socios?' -dijo con una voz de estornino". Podemos ignorar cuál es "la complexión de una bala calibre 45" y ni siquiera imaginar "una voz de estornino", pero ¡cuán nítidamente queda de manifiesto "qué" es el matón Ed Luby!

El humor negro, el sarcasmo y la sátira social son un trasfondo permanente y a veces pasan al primer plano, pero nunca a través del discurso. Es la imaginación narrativa, el particular punto de vista de Vonnegut, la acción de los personajes, su carácter nítidamente perfilado, lo que muestra al oblicuo blanco del sarcasmo, no sin calidez. Vonnegut no es un narrador que guste de las medias tintas. En la carta que sirve de prólogo señala: "Estoy seguro que nadie consigue un carajo en las artes si se vuelve amablemente razonable, viendo todas las facetas de un problema y perdonando todos los pecados".

Así, algunos de los relatos de Mire el pajarito poseen esa difícil simplicidad de las mejores fábulas y dejan flotando, de manera evanescente, una moraleja porque siempre está en juego lo más humano del hombre, aquello en que erramos o acertamos pero seguimos perseverando aunque ponga en riesgo nuestra sobrevivencia.

Cuentos como "Confido", "El Key Club de Ed Luby", "Una canción para Selma", "Salón de espejos", "Hola, Red", "Las hormigas petrificadas", "El honor del repartidor de periódicos", "Mire el pajarito", "El rey y la reina del universo" o "El buen explicador" son de aquellos que memorizamos y nos empeñamos torpemente en contar a los demás. Se cumple así plenamente la primera de las ocho célebres reglas que el propio Vonnegut elaboró para la ficción: "Utiliza el tiempo de un completo extraño de modo que él o ella no sienta que lo ha malgastado".

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