

“Todo poema es un ser vivo: envejece”, reza un verso del poeta mexicano José Emilio Pacheco (1939). La noción de una obra literaria abierta, siempre dispuesta a ser sometida a la mirada inquisidora de la corrección y de la reescritura, es, de hecho, una de las ideas más fuertes de toda su creación poética y rige también sobre su prosa: el cuentista Pacheco acostumbra a volver sobre sus relatos para revisar y pulir en un proceso ininterrumpido de creación. De allí el valor de la reciente publicación que, bajo el nombre de El principio del placer y otros cuentos, congrega dos de sus colecciones de relatos más destacados: una nueva oportunidad para que el incansable hacedor entregue las últimas versiones y para que los lectores vuelvan a celebrar a una de las cumbres de la tradición cuentística latinoamericana.
Las catorce piezas que componen “El viento distante” (1963) son la antesala perfecta para entrar en el mundo narrativo de Pacheco. Cuentos breves, en ocasiones brevísimos, en ellos resalta aquello que determinará el corpus completo de su producción en prosa: la capacidad de urdir narraciones en las que la complejidad convive con un tono llano y coloquial, en las que el artificio literario aparece disimulado por la claridad y la naturalidad de una escritura en apariencia diáfana.
Una diversidad de elecciones formales (que van desde el relato clásico en tercera persona a la transcripción de una conversación entre dos personajes, desde la fluidez del monólogo interior a la contención del microcuento) y de temáticas engañosamente lejanas (la semblanza de episodios históricos, el retrato de la superstición popular, etc.) aparecen reunidas en un volumen que destaca por su coherencia y su unidad. Y es que Pacheco busca menos que la narración de sucesos puntuales la sugerencia de un determinado trasfondo, de un motivo solapado que parece estar cifrado por detrás de la sencillez y la pretendida simplicidad de las piezas del libro.
Ya sea relatando la traumática iniciación de un puñado de niños y jóvenes a la hostilidad del mundo de los adultos (“El parque hondo”, “Tarde de agosto”, “El viento distante”, “Parque de diversiones”), la experiencia de un hombre que pretende engañar a sus semejantes simulando apariciones de la Virgen (“Virgen de los veranos”) o la violencia de un pueblo que decide expulsar y asesinar a una pareja de nuevos vecinos por no compartir sus enigmáticas costumbres (“Algo en la oscuridad”), el autor afianza una mirada desencantada y melancólica de la realidad. Se trata de revelar aquel sustrato macabro de brutalidad, crueldad y perplejidad que tiñe cualquier vivencia humana en un mundo en el que todos acaban, de algún modo, “llenos de miedo y resentimiento”.
Al mismo sustrato apuntan la nouvelle y los cinco relatos que conforman “El principio del placer” (1972). La primera, de la que el libro toma su título, presenta una variación de la temática predominante en el primer volumen: el tortuoso despertar de una mirada infantil e inocente del mundo a una realidad que sólo trae decepción y desventura. A un tiempo relato de formación y diario de vida, el texto narra las desventuras con las que deberá lidiar Jorge, un adolescente en pleno despertar sexual, en su proceso de adaptación a la maquinaria de engaños e hipocresía que determinan las relaciones adultas; la experiencia inaugural del origen del gozo y el placer es, también, la del origen de la decepción y la desdicha. Asimismo, en “La zarpa” será la confesión de una mujer ante un sacerdote la que nos informa del resentimiento y el odio sobre los que se constituyó su vida desde la temprana juventud.
Las cuatro obras maestras que cierran el libro —“La fiesta brava”, “Langerhaus”, “Tenga para que se entretenga” y “Cuando salí de La Habana, válgame Dios”— bastan por sí solas para dar cuenta de la absoluta destreza narrativa del mexicano y de su innegable dominio del género. El singular realismo, siempre ambiguo y próximo a ceder ante la irrupción de lo fantástico, da aquí el paso definitivo: ahora será la fantasía la que determinará aquel trasfondo de perplejidad y extrañeza: un escritor fracasado que es víctima de sus propias creaciones y que en un viaje por el metro de México asiste a la reanimación de un atávico rito azteca; un hombre que se obstina por comprobar que su único amigo de juventud existió realmente; una madre a la que el fantasma de Maximiliano de Habsburgo le arrebata a su hijo en un parque de Chapultepec o un crucero fantasmal cuyos pasajeros viven en un tiempo paralelo al de los hombres. Son las pesadillas finales escogidas por la escritura sosegada y sencilla de Pacheco para enrostrarnos aquello que en todo momento la acosa: la verdad de que “nadie se escapa”, de que “la vida es igual de terrible con todos”.
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Posteado por: Daniel Beza Islas 19/01/2011 05:46 [ N° 1 ] |
Narrar es un placer, Narrando espero |
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