

Este conjunto de once relatos de Richard Yates (1926-1992) lo confirman como uno de los más valiosos narradores norteamericanos del siglo XX y, reeditados ahora (fueron publicados originalmente en 1962, un año después de su ya célebre novela Vía revolucionaria ), en ellos resulta perfectamente reconocible el sello y estilo que también brilla en Las hermanas Grimes (1976) y Cold Spring Harbor (1986).
Dejando de lado que el traductor de esta edición, Luis Murillo Fort, llevó a cabo un ingente empeño para sobrepasar los límites de la tolerancia en cuanto a la inclusión injustificada de giros idiomáticos correspondientes a una jerga vulgar, la lectura de esta selección de relatos es ampliamente agradable y, en más de algún caso, alcanza alturas de grandeza y humanidad.
En Once maneras de sentirse solo (hay una traducción anterior que, más literalmente, titula Once tipos de soledad ) Yates nos introduce en historias mínimas de personas comunes y corrientes. Sus héroes convencen, ante todo, porque no tienen un esplendor, extravagancia, maldad o inteligencia excepcionales. Sus personajes, de ser personas, serían sujetos anónimos, que no llamarían mayormente nuestra atención, que están, pasan o circulan al lado con vacilaciones, conflictos y problemas muy parecidos a los nuestros. Aunque las situaciones en que la vida los ha puesto puedan ser lejanas a la propia, Yates sabe construir sus figuras con un material (lo universal de la condición humana) que al lector le parece, en consecuencia, familiar y próximo, y, por lo mismo, le resulta fácil empatizar con esos personajes.
Por cierto que aquí, con su habitual estilo directo y llano, aunque no exento de contenida elegancia, Yates despliega en estos relatos esa usual capacidad de observación y perspicacia suya que le permite acuñar vitalmente con sólo un par de frases a un personaje completo, de manera que, inmediatamente, podemos verlo u oírlo como si estuviese de cuerpo presente. Yates, por la forma que elabora sus narraciones, y, en particular, por la centralidad que tienen en ellas todos los personajes, parece estar convencido de que la clave de la buena literatura se sustenta en la virtud de abrir ventanas a esos mundos personales no menos imperceptibles que valiosos. El prisma del arte invierte, así, las jerarquías sociales convencionales y es capaz de mostrar el oro de ley donde la mayoría sólo observa latón y hojarasca.
La historia, desde luego, también tiene importancia. En ello Yates es un narrador tradicional; sin embargo, se advierte claramente su renuencia a darle al relato una estructura (la más conocida) que a través de clímax, quiebres y giros capture al lector en una red mañosa. Yates, en modo alguno, quiere atrapar y luego noquear. Esa no es su estrategia. Es usual, por ejemplo, que inicie sus relatos a través de una anticipación o prolepsis del final, es decir, desde el principio, aunque la mayoría de las veces muy sutilmente, fija la dirección y el horizonte de la historia: "Nadie había prestado nunca mucha atención a John Fallon hasta que apareció su nombre en el fichero de la policía y en la prensa" ("Hombre de B.A.R.") o "Es cosa sabida que los escritores que escriben sobre escritores pueden provocar fácilmente la peor clase de aborto literario" ("La construcción"). Yates parece decir: "Ya saben de qué trata este cuento y pueden intuir su final, pero lo importante es que conozcan cómo pasa lo que pasa".
Es por eso que intentar resumir las historias -hermosas historias- que contiene Once maneras de sentirse solo es no sólo inútil, sino que también en alguna medida traiciona la intencionalidad del autor. El título de la obra (en inglés: "Eleven kinds of loneliness") marca un eje interpretativo bastante aclarador: se trata de historias de personajes que en sus pequeños mundos cotidianos padecen de la incomprensión, la soledad y, finalmente, el fracaso: el enfrentamiento de estas vidas con su entorno siempre termina en una derrota que, en algunos casos, Yates muestra con singular crudeza. Pero sería proporcionar una descripción injusta de estas narraciones si se dejara la sensación de que en ellas predomina una plana amargura y desazón. Precisamente el rasgo que define y distingue el talento de Yates es su extraordinaria maestría para narrar historias tristes, desoladoras o insignificantes, pero penetradas de calidez, ternura y humor. Cuando esa difícil y precaria combinación es más lograda (y el cuento se distancia, por ende, ya de una desnuda aflicción ya de una sátira chispeante) Yates proporciona indudables obras maestras de la narración corta. En Once maneras de sentirse solo cuentos como "Lo mejor de todo", "¿Dolor? Ninguno", "El placer de la derrota", "Divertirse con un desconocido", "El hombre B.A.R.", "Un pianista de jazz estupendo" o "La construcción" pertenecen a esas cimas narrativas en las cuales, como recomienda el entrañable taxista del último relato, se encuentran "ventanas por donde entra la luz".
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