Juan Villoro
Domingo 27 de Febrero de 2011
Tierra Bravía


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Los accidentes pulverizan las certezas. En 1978, Alejandro Rossi escribió un texto ejemplar sobre la confianza. El hombre común duerme esperanzado que las cosas conserven su forma: “No nos sorprende que el cuarto, a la mañana siguiente, mantenga las mismas dimensiones, que las paredes no se hayan caído, que el reloj retrase y el café sea amargo. La contemplación del mundo como un milagro permanente es un estado pasajero o una vocación religiosa. Todos somos un poco nerviosos, pero el terror de que se desplome el techo o se hunda el piso no es continuo”. El pasaje pertenece a “Manual del distraído”, libro escrito en México antes del terremoto de 1985 y después del de 1957.

Vivir en tierra bravía es un acto de fe: confiamos en que el techo no se caiga, sabiendo que puede hacerlo. El 27 de febrero de 2010, quienes estábamos en Chile comprobamos el inaudito valor de la confianza. La sacudida de 8,8 grados en las escala de Richter fue la quinta más severa desde que existen mediciones. Durante segundos indelebles nos sometimos a una sucesión de asombros. Por principio de cuentas, nos enteramos de un peligro que habíamos descartado con plácida inocencia. Cuando las paredes se abrieron, nos supimos inermes, ingenuos. Luego sobrevino un examen de conciencia: ¿cómo salvarnos?, ¿merecíamos hacerlo?, ¿qué error habíamos cometido para estar ahí?, ¿qué virtud repentina podía rescatarnos?

Al margen de nosotros, ajeno a nuestras dudas, el edificio resistía. Los extranjeros ignorábamos que la arquitectura chilena es un milagro que perdura. Las paredes se cuartearon, pero el hotel siguió en pie. Oí voces, gritos, señas de sobrevida. Había que salir, de prisa. Entonces sucedió algo con lo que ya no contábamos: de pronto teníamos un propósito. El cataclismo nos había rebasado en tal forma que la única estrategia para superarlo era cerrar los ojos. Salvados por las piedras, podíamos actuar. Ya en la calle recuperamos un extraño privilegio de la vida interior: volvimos a confiar.

Los mexicanos curtidos en temblores aprendimos en Chile lo que significa graduarse en miedos.

De manera emblemática, Alberto Fuguet decidió que el protagonista de “Las películas de mi vida”, su novela más personal, fuera sismólogo. El libro se ocupa del cine, la erudita pasión de Fuguet. De modo profundo, explora otra región del inconsciente: los movimientos tectónicos, la tierra que se abre para ponernos a temblar.

No había pensado escribir de terremotos. La devastación de mi ciudad en 1985 fue tan dolorosa que no podía narrarla sin sentirme impúdico. Prefería, como Beltrán Soler, el personaje de Fuguet, ver películas para distraerme de la trama que se fragua bajo tierra.

El terremoto de 2010 representó una segunda oportunidad para encarar el miedo de 1985. La cifra gemela de 8,8 sugería un valor esotérico, el del horror que se confronta a sí mismo. Sólo reconociendo el pánico podemos superarlo: no hay sobrevida sin recuerdo. En Chile encontré lo que perdí en México un cuarto de siglo antes. El resultado de esa confrontación fue “8,8: el miedo en el espejo”.

Para los testigos extranjeros, Chile dio un excepcional ejemplo de solidaridad y control. Con rutinaria bobería se elogia a los latinoamericanos que “parecen suizos”. Por suerte, los chilenos se parecieron a sí mismos.

Todo sismo cuestiona los cimientos que se le resisten y Chile también mostró heridas. Como siempre, los más afectados fueron los que habían padecido antes el invisible terremoto de la pobreza; hubo escenas de pillaje; la televisión transformó la desgracia en morbo de alto rating; algunos edificios modernos revelaron estar peor construidos que los de hace algunas décadas; los seguros no siempre respondieron; LAN fue insensible a las demandas de pasajeros varados en tierra, y la alarma ante el tsunami no funcionó.

De cualquier forma, la actuación del gobierno de Bachelet ante la contingencia (como la de Piñera ante los 33 atrapados unos meses después) fue muy superior a la de De la Madrid ante el sismo mexicano de 1985 y la de Fox ante los mineros que murieron en Pasta de Conchos.

Algo de nosotros quedó para siempre en Chile. Por si esto no fuera evidente, mi teléfono me lo recuerda a cada rato. La opción redial quedó fija en el número que mi esposa marcó con angustia durante días, el de mi hotel en Santiago. No pienso cambiar de aparato. El “fantasma en la máquina” conoce su oficio. En caso de duda, que me busquen en Chile.

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