

Pasé el terremoto aquí, en Maule, en la casa de mi familia. Apenas sobrevivimos, aunque la casa, muy siniestrada, se mantuvo en pie. Hasta hace diez días estuvo sin habitar y sometida a parciales reparaciones en su añosa estructura de adobe. La decisión de reconstruirla ha sido incierta, costosa, lenta y, hasta cierto punto, insensata. Medio ruinosa, como sigue estando, desde que regresamos la vieja casa ha vuelto, sin embargo, a seducirnos con su gran capacidad de acoger, con su misteriosa virtud para hacerse habitable, para ser una morada que se prolonga en el tiempo. Pienso que las casas antiguas retienen entre sus muros y aposentos parte de la biografía de sus habitantes, poseen una duración que las hace poderosas, una memoria de sus precedentes moradores y, sobre todo, la de sus propios espacios, colores y atmósferas. El terremoto sacó a flote todo ese limo sustancioso. Me siento orgulloso de haber participado en esta incompleta recuperación: es triste pensar en una cultura que construya y more para tan sólo una generación y prescinda de las pasadas y futuras.
Una tristeza mayor me embarga cuando observo el paisaje rural de Maule en los alrededores de la casa. El terremoto del 27 de febrero pasado marca una fisura esencial: nada queda de la larga calle de casas de adobe que era el centro del pequeño pueblo. Todo se vino abajo o fue demolido; resta ahora una pista de asfalto flanqueada por un par de mediaguas; más allá, la parroquia está en ruinas con su alta nave a la intemperie protegida por envolturas de nylon. Así ocurre con tantos pequeños pueblos de la zona central; simplemente desaparecieron. Ese colapso no solamente marca el fin de una serie de construcciones materiales, o de un modo de edificar, sino de una manera de vivir que integraba sabiamente, a través de una secuencia de espacios de transición, el mundo exterior y el mundo interior, el adentro y el afuera de la casa. Los corredores, los patios, las galerías, los largos pasillos de distribución (en buena parte de las viviendas que no habían sido echadas abajo por los anteriores sismos) generaban una sociabilidad más corporal, próxima y abierta.
Creo, sinceramente, que el año 2010 no se recordará como el año de la elección de Sebastián Piñera ni del rescate de los 33 mineros, sino como el año del cambio definitivo de nuestro paisaje y morfología cultural a consecuencia del terremoto de febrero pasado: sus efectos se percibirán por décadas o más.
En todo este derrumbe aprecio, al menos, dos carencias irremontables en lo inmediato: no hay un pensamiento sistémico teórico y práctico, salvo escasas excepciones, acerca de nuestro modo de construir y habitar. Percibo, así, que la arquitectura y el urbanismo están profundamente en deuda en Chile. Más allá de plantear y resolver las cuestiones técnicas (que son las más fáciles), las preguntas de fondo ni siquiera se mencionan. Se discute más de materiales que de diseño de espacios y conectividad, poco se considera el emplazamiento, el aprovechamiento de la luz y la vista; los puntos de encuentro se conciben con flojera y desprolijidad.
El Chile rural, y parte del urbano, se está volviendo a levantar como sea. No sé lo que surgirá después: no hay tradición, reflexión ni visión.
La otra dimensión que echo en falta es la pobreza de las narraciones de este acontecimiento que hiende tan hondamente nuestra historia cultural. En todos los géneros y pasando revista a los distintos medios de expresión, en mi parecer, no ha surgido una obra de arte que medianamente se acerque a contarnos lo esencial. Las narraciones se apegan a lo más literal (y fácil), intentan registrar lo material de la catástrofe, su cuerpo espectacular (como el que muchas veces hemos visto artificialmente logrado en megaproducciones hollywoodenses), pero parecen ni siquiera percibir su núcleo de sentido. Falta una mirada desde dentro, que descubra el hilo de la historia que hay que contar, el principio y fin del relato, el punto de vista, las emociones ocultas que es preciso expresar con el lenguaje apropiado.
La virtualidad de elevar y habitar ciudades, pueblos y campos con comodidad y armonía depende de una observación, pensamiento e imaginación constantes, que tejan de nuevo el tapiz, que entreveren paisaje, tradición y modernidad. En la casa de mis padres, con muchas de sus heridas todavía abiertas, estamos en camino de ese reencuentro.
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Posteado por: raúl suarez sazié 01/03/2011 12:33 [ N° 1 ] |
Uno se puede acordar de todo Sr Gandolfo, del Presidente Piñera, del rescate de los mineros, del cambio de paisaje por el terremoto, de las muertes por la ineficiencia de la concertación, de los 14 teléfonos sattelitales guardados en grandes cajones, el despilfarro de recursos durante 20 años...la memoria alcanza para eso y mucho más Sr Gandolfo, aunque bonita su crónica, siempre lo leo. |
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Posteado por: Alejandra Gutierrez 02/03/2011 13:49 [ N° 2 ] |
Me ha gustado mucho tu columna. Ahora bien, lo que más me ha impactado al leerla, es que parece ser la reflexión de alguien cuyo país experimenta por primera vez un terremoto. No lo digo como una crítica personal ni mucho menos. Parece que como nación no realizamos el recogimiento preciso para una narración, como tú lo dices, más profunda, y quizás por ello cada terremoto nos impacte como si nunca lo hubiésemos experimentado antes. Y cometemos una y otra vez los mismos errores. |
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Posteado por: Eduardo Llanos Melussa 04/03/2011 04:41 [ N° 3 ] |
Buena columna. Saludos. |
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