Pedro Gandolfo
Domingo 17 de Abril de 2011
Nostalgia por el Sur


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En las casi seiscientas páginas que conforman Las batallas perdidas (1970) es en verdad muy poco lo que acontece: apenas algunas horas de la excéntrica cotidianidad de una familia sureña norteamericana, algún día del verano de 1930. La exigüidad del argumento contrasta, sin embargo, con la radical amplitud del proyecto narrativo que constituye la novela. Una sola jornada en la vida de los Vaughn, los Beecham y los Renfro es suficiente para que la indiscutida genialidad de Eudora Welty (1909-2001) erija un retrato entrañable de la vida del Sur, un canto nostálgico en honor de una tierra y de una comunidad en la víspera de su irremediable desaparición.

Amanece en Banner, un pequeño pueblo situado en el noroeste del Mississippi, y poco a poco la luz devela los contornos de la casona campestre en la que Beulah Beecham vive junto a su esposo, Ralph Renfro, sus hijos y su anciana abuela Elvira Jordan Vaughn. La novela se abre enfatizando el sentimiento de expectación e inquietud que cunde en dicho hogar con motivo del ajetreo que promete depararles una jornada memorable: la abuela Elvira acaba de cumplir sus noventa años de vida, y una vieja tradición familiar indica que todos los descendientes deberán acudir desde cada uno de los rincones de Banner para saludarla y festejar junto a ella. En esta sencilla circunstancia fundará Welty los cimientos de una construcción narrativa fascinante. Cada uno de los nietos y bisnietos de la matriarca acudirán, a medida que avanza el día, acompañados no sólo de sus abultadas familias, sino también de un cúmulo de historias y de consideraciones personales en torno al nebuloso pasado del linaje y, por extensión, del de toda la comunidad de Banner. De la suma de sus voces es que el lector conseguirá, finalmente, trazar un esbozo de la identidad social y sentimental de aquel Sur metafórico que la novela pretende ensalzar.

Los valores que definen dicha identidad son, desde un inicio, claramente reconocibles: la rusticidad e ingenuidad pueblerina, la simplicidad vital, el profundo sentido de pertenencia a la tierra y a los lazos de sangre. A su modo, cada uno de los integrantes del clan estará determinado por dichos principios, en un claro contraste con aquellos personajes que acuden a la celebración desde tierras extrañas, “del otro lado del río” que demarca el espacio de Banner. La figura emblemática de Jack Renfro es ejemplar en cuanto a lo primero: encarcelado hace un par de años por un absurdo malentendido, será capaz de huir de su prisión cuando apenas le queda un día de condena con tal de no faltar a la reunión ni decepcionar a sus parientes. Su fuga es el paradigma de aquella lealtad consanguínea en contraste a figuras como las de la tía Lexie o el matrimonio Moody: provenientes de Ludlow, del Norte, ellos no podrán sino mirar con recelo y extrañeza las costumbres de un puñado de hombres y mujeres para los cuales la solidaridad, el amor y la vecindad son todavía las leyes soberanas.

Con gran sutileza y notable humorismo, Welty hará de la oposición entre estas dos visiones de la vida el trasfondo sobre el cual se delinearán el sinfín de anécdotas, historias y relatos que nutren la cháchara continua de los invitados al convite: las hazañas y peripecias del joven Jack, bisnieto favorito de la abuela; la especulación en torno al pasado de la huérfana Gloria, a quien Jack escogió como esposa; la memoria del fallecido abuelo Vaughn; la muerte y el inminente entierro de Julia Mortimer, antigua profesora del colegio de Banner que educó a casi toda la familia; la contienda entre el tío Homer y el avaro tendero Curly Stovall por ganar las elecciones del pueblo; la rivalidad entre metodistas y baptistas, etc.

Buena parte de la fascinación que despierta Las batallas perdidas radica, de hecho, en ese carácter dramático y casi operístico que determina a la novela, en su admirable uso del diálogo como elemento central —y casi exclusivo— de la narración. Siendo muy poco lo que sucede en el libro, es, sin embargo, muchísimo lo que se cuenta. La conversación disparatada, a menudo absurda y grotesca, de los propios personajes, es la encargada de marcar el desarrollo del relato, siendo al fin y al cabo la única fuente de información de la que dispone el lector para hacerse una imagen de aquella comunidad fantasmal que se resiste a la extinción.

“La noche podría desdoblarse en muchas más voces, todas parlanchinas, todas fanfarronas, cantarinas, fingidoras, molestas, enconadas, empeñadas en dar el ser a todo, insultándolo todo para que todo fuera, pero contándolo todo a la vez”, concluye un narrador cuando la conversación se acalla, y no parece ser otro el sentido recóndito de toda la nostálgica y extensa opereta de Welty.

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