

Vicky es Victoria Mir, una cuarentona pizpireta y algo entrada en carnes, madre de Violeta, una turgente muchacha, y cuyo marido, un ex falangista, se encuentra internado en un asilo siquiátrico. Vicky, solitaria y cándidamente enamoradiza, mantiene una larga relación con el Sr Alonso, un ex futbolista, cojo, y misteriosamente seductor. Un día, para sorpresa (y burla) de sus vecinos, el Sr. Alonso la abandona y Vicky actúa en plena calle un imposible y melodramático suicidio: se deja caer sobre los restos de rieles de un tranvía que hace décadas ya no funciona. Esta es la escena inicial de la Caligrafía de los sueños de Juan Marsé (Barcelona, 1933), la primera novela después que en 2008 le fuera otorgado el Premio Cervantes.
Ringo (que, en verdad se llamaba Domingo, le decían Mingo, equívoco mote que cambia por Ringo, en homenaje al personaje de “La diligencia” protagonizada por John Wayne) es un adolescente ensoñador, hijo adoptivo (igual que Marsé) de Pep Matarratas (un tosco fumigador, contrabandista y clandestino miembro de la resistencia antifranquista) y de Alberta, una abnegada dueña de casa, esposa fiel y madre cariñosa.
En la novela Marsé, durante las primeras 400 enjundiosas páginas, mantiene silencio sobre las causas del abandono y del farsesco suicidio de la señora Mir y sólo al final, en un breve epílogo, que se sitúa en 1958, 10 años después de los acontecimientos, revela el desenlace.
¿Qué narra entre tanto? La historia de Ringo, su lento y atolondrado pasaje desde la niñez a un principio de madurez, la frustración de su vocación por la música (ha perdido un dedo siendo aprendiz de orfebre) y las primeras pulsiones de una nueva vocación: la escritura. Ringo, parapetado tras una novela o un libro de solfeo, desde su mesa en el Bar Rosales, regentado, por la locuaz y alcahueta doña Paquita, observa, interpreta los hechos según le dicta su imaginación, desarrolla “una imprudente tendencia a negar la realidad y a despreciarla”, substituyéndola por sus imposturas, juegos y sueños. Se podría decir que el grueso de la novela pertenece al género del relato de formación, crecimiento, aprendizaje y, también, en consecuencia, de decepción y pacto con aquella realidad.
Marsé lleva a cabo todo el relato por medio de un narrador en tercera persona discretamente omnisciente focalizado en el punto de vista de Ringo. Es a través de su mirada, testimonio y prisma que llegan los hechos al lector. Pero Ringo, además, pasa a ser protagonista de la historia de la señora Mir: de un lado sede a la turbia atracción de Violeta y, del otro, es el casual mensajero de una carta prometida por el señor Alonso, y que demora angustiosamente en llegar, que después de serle confiada por el propio emisor, Ringo extravía y, luego (quizás en su primer acto como escritor), ficciona.
Caligrafía de los sueños tiene una clara continuidad de personajes y, sobre todo, de paisaje, con obras anteriores del autor catalán. Barcelona, el barrio de Gracia, sus recovecos y paseos, los bares y tabernas y cines concurren aquí otra vez esmeradamente descritos por el autor que ostenta un manejo de su topografía y toponimia de primera mano. La Barcelona recuperada por Marsé, con una mezcla de rabia y de nostalgia, es la de fines de la década del 40: parroquiana, franquista y pobre. Es claro que en estas primeras 400 páginas la historia de Vicky permanece sumergida en un segundo plano y, acaso no deliberadamente, Caligrafía de los sueños se desplaza hacia una serie de retratos “naturalistas” cercanos al costumbrismo. Es ese barrio, esa ciudad y esa época los que adquieren un agigantado protagonismo, y Vicky y Ringo parecen tan sólo circular por ese escenario muy concreto y definido con sus historias y sueños, al contrario de aquel, evanescentes, escurridizos e inasibles.
Una inmensa mayoría de la construcción del relato la basa Marsé en prolijas descripciones visuales en las que despliega una apabullante riqueza de prosa. El modo de abordar la visualidad aquí (personajes, objetos, situaciones, lugares), no obstante, más que selectivo, apuntando a detalles significativos, opta por la acumulación exhaustiva y, en buena medida, siempre situada a la misma distancia narrativa. Salvo en algunos episodios escasos, la novela transcurre contada desde un punto de vista estático y uniforme, sin pliegues ni repliegues, sin aproximaciones ni alejamientos. Hay una linealidad en la distancia, una falta de relieves, que acentúa una agotadora sensación de vasta planicie en las primeras 400 páginas. Usando una metáfora musical, se percibe un exceso de notas con escasas modulaciones.
Marsé es un orfebre maravilloso, nadie lo duda. Pero en Caligrafía de los sueños, un relato pulcro, sincero e iluminado, el oficio y dedicación (casi deleitoso) por la filigrana descriptiva opacan la arquitectura y el modelado de la historia, ofreciendo al lector un demasiado ritmo moroso y parejo.
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