

Un joven ruso en el exilio que desde muy pequeño ha sido formado como terrorista de una facción bolchevique, recibe un encargo espeluznante: debe viajar a la Rusia imperial y asesinar al ministro de Instrucción Pública del Zar Nicolás II, el temible Valerian Alexándrovich Kurílov, apodado “Cachalote”, por lo “feroz y voraz”. Corren los años previos a la Revolución rusa. Así, la muerte debe ser cruel y ostentosa para provocar el mayor impacto. Cazar a una presa distante y desconocida a la cual se ha adoctrinado para odiar puede parecer fácil para el héroe de El caso Kurílov, la más reciente novela publicada de Irene Némirovsky; en la intimidad, no obstante, cuando se comparten largos meses con la víctima (que padece de un cáncer terminal) y su familia, las convicciones se complican, la voluntad tambalea, surgen desgarradas simpatías. El episodio Kurílov cambiará la visión del mítico agente León M.
Esta historia es relatada de manera admirable, veloz y resuelta. La novela se estructura en dos partes: un breve proemio, situado en el presente y narrado en tercera persona, y una suerte de memorias, narradas en primera persona. El proemio es notable en su concisión, capacidad de sugerir y atrapar al lector: En Niza —“por casualidad”— se encuentran León M, ya viejo, solitario y retirado, y en un policía jubilado del Zar a quien le tocó, en el pasado, llevar la investigación del “caso Kurílov”. ¿Quién es León M. o Marcel Lagarde, el agente revolucionario? El diálogo entre ambos parece cifrado y la autora nos hace testigos de él, dándonos escasa información. Es en la segunda parte cuando esa información aparece a tal punto, que es posible leer otra vez esa introducción como si fuese un texto nuevo.
La vida de León M. abarca desde su infancia y se concentra en el episodio Kurílov. Némirovsky tiene un talento extraordinario para conducir la historia con una seguridad y claridad admirables respecto a lo que desea transmitir al lector. No es una narradora arriesgada, pero es sabia: concisa, compacta y elegante en el estilo. sin que la decoración o el recoveco sinuoso de la prosa la distraigan del propósito de contar concentradamente los hechos. El manejo de la acción es notable: en las breves 150 páginas, la autora sabe hacer progresar la historia sin respiro para el lector, con sorprendentes (aunque bien dosificados) cambios de ritmo y tiempo. Es difícil, en verdad, soltar este libro luminoso en su forma y penumbroso en sus contenidos.
La prosa de Némirovsky derrocha una cualidad que podría llamarse “envolvente”. Sin bien posee un manejo superior de la visualidad de la descripción, no la paraliza una especie de beatería por el ojo, sino que apela al conjunto de las percepciones y sentidos y, a veces, recurre a atinadas sinestesias. “En ninguna otra parte he visto puestas de sol tan hermosas, deslumbrantes y fúnebres. De pronto, hacia el oeste, el cielo parecía ensangrentarse y se cubría de una neblina púrpura. Innumerables cornejas volaban hasta que amanecía, ensordeciéndonos con sus graznidos y batir de alas”. Una escena ejemplar es aquella en que la autora francesa describe el primer encuentro, a lo lejos, entre el potencial asesino y su víctima. Ocurre en una iglesia, durante un oficio ortodoxo, en una atmósfera repleta de cirios, olor y humo de incienso, calor y muchedumbres fervorosas. El contacto es visual y lejano: “A través del flotante incienso divisé a un individuo grueso y muy alto con el pelo y las cejas encanecidos, la barba recta y rojiza y una expresión implacable altiva y severa”. En el resto de la novela se asiste al desperfilamiento de esa imagen inicial a consecuencia de la proximidad. León M., el agente encubierto, comienza a espejearse en su futura víctima, confirma algunos rasgos como su esporádica brutalidad y ciega ambición, pero también se tropieza con su ternura, la fidelidad conmovedora a su segunda mujer, su mezcla de bondad y frialdad, sus dudosas “razones de Estado”, tan dudosas como empiezan a parecerle las propias convicciones. El relato avanza desde la inhumanidad de la ideología y el terrorismo, a la humanidad (casi cristiana) que surge ante la cercanía del otro, que deja de ser un individuo cualquiera y se convierte en una persona concreta, compleja e, incluso, amable a pesar de sus fallas. “Ahora ya no veía a Kurílov —dice al final de la escena—. Me sentía preso de la somnolencia y febril, maquinalmente, rocé con la frente la losa de delante, como todo el mundo. Un hálito helado, un olor a fría humedad, ascendía a bocanadas del suelo de mármol.” Es la señal de una transformación profunda que va de la vista al tacto, de la lejanía a la proximidad, de la superficie lisa e impenetrable a la interioridad llena de incómodos matices y relieves.
El caso Kurílov
Irene Némirovsky
Traducción de José Antonio Soriano Editorial Salamandra
Océano, Barcelona, 2010, 155 páginas, $11.600
NOVELA
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