Pedro Gandolfo
Domingo 26 de Junio de 2011
Pitol: todo está en todo


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“Es necesario ser superficial para no faltar a la sinceridad, gran virtud que exige también valor”, escribió alguna vez el crítico Maurice Blanchot para referirse a aquellos autores que resolvían aventurarse, en paralelo al desarrollo formal de su obra literaria, en la construcción de un discurso ininterrumpido que diera cuenta de su intimidad creativa y vital, de una suerte de bitácora intransferible que exhibiera el historial de sus relaciones cotidianas con la escritura y con la vida. No imagino un mejor pórtico para aproximarse al que ha sido desde hace décadas el quehacer del escritor mexicano Sergio Pitol (Puebla, 1933), y en particular a las páginas de su recientemente publicada Autobiografía soterrada. Amplificaciones, rectificaciones y desacralizaciones: lo que en ellas se ofrece al lector, en la forma de un puñado de textos dispersos y aparentemente superficiales, es la imagen íntima de un narrador, la reseña honesta y sincera del trasfondo autobiográfico que ha determinado, en cada paso, las oscilaciones de su literatura.

Quienes hayan leído El arte de la fuga, El viaje o El mago de Viena —agrupados hace algunos años por Anagrama bajo el nombre de Trilogía de la memoria— apreciarán de inmediato la continuidad que este volumen guarda con respecto al resto de su obra. Sus páginas se leen, de hecho, como una ampliación del estilo que el mexicano ya aprendió a desplegar con maestría en los tomos de dicha Trilogía; como el retorno, en la escritura, a un territorio conocido y conquistado de antemano. Tal y como advierte su subtítulo, el sentido del libro estaría fundado en el intento de erigir un breviario de “amplificaciones”, “rectificaciones” y “desacralizaciones”: en la tentativa de avalar una vez más una noción de la literatura que considera a todo texto como un producto inacabado, a toda empresa como un asunto incompleto, siempre susceptible de ser reabierto por la revisión y por la glosa, por la aclaración y por el comentario.

A lo inconcluso vuelve, obstinado y persistente, el trabajo de la memoria. Ella es el genuino corazón de esta literatura, su sustento: Pitol hace justicia a la reputación de brillante memorialista que la crítica le ha concedido. Una prosa exquisita, elegante, siempre parsimoniosa en sus giros y vaivenes, colmada de referencias a la gran tradición de la literatura, se afana en cada párrafo por reconstituir, o al menos esbozar, una imagen minuciosa (aunque “permeada por la niebla”) de la vida pretérita. Cada capítulo indaga una modalidad particular de asumir el material ofrecido por la propia biografía, de vindicarlo como el elemento privilegiado —cuando no exclusivo— de cualquier tanteo del discurso literario. Ningún recurso está vedado: el diario de vida, la crónica de viaje, la teoría literaria, el retrato de personajes, la reconstrucción de diálogos y conversaciones, la reflexión ensayística, la ficción narrativa, todo tiene cabida en la holgura de un flujo narrativo inclasificable, reacio a las etiquetas convencionales y a los hábitos genéricos.

La excentricidad, sin embargo, está lejos de obedecer en Pitol a la arbitrariedad o al simple deseo de experimentación formal. Antes bien, para quien se define a sí mismo como “un escritor llegado a la edad provecta”, lo importante es consolidar el equilibrio de un tono maduro, la entereza de “una obra ampliamente variada y compleja pero sostenida por un eje unitario”.

¿Cuál sería, a fin de cuentas, aquel “eje unitario” que soterradamente enlaza lo diverso y concilia lo que aparenta ser incompatible? La indiscutible proximidad entre escritura y vida, la identidad entre lo creado y lo vivido. “Todo está en todo”, reza una célebre máxima alquímica en la que Pitol pretende sintetizar su poética. En el relato de una internación en un hospital de La Habana está también, enmascarada, la remembranza de cierto viaje juvenil que explica la iniciación en la literatura; en cierta velada vivida hace décadas en casa de un amigo, el germen de lo que terminará siendo una novela; en sus correrías por Polonia, por España o por México, el hallazgo de tal o cual procedimiento narrativo, de tal o cual lectura, de tal o cual autor. Y es que, para quien ha rebasado en el recuerdo los límites que aíslan experiencia y lenguaje, establecer la historia de su “trato con el mundo” es al mismo tiempo develar “los misterios de su carpintería”.

“Cuando escribo algo referente a mi autobiografía (…) sospecho que el ángulo de visión nunca ha sido adecuado, que el entorno es anormal, a veces por una merma de realidad, otras por un deseo abrumador de detalles, casi siempre intrascendentes”, escribe Pitol. Lo cierto es que basta revisar cualquiera de sus páginas para excusar dicha aprensión y suplirla por una verdad acaso más importante: incluso lo que aparenta ser superficial se torna valioso en la voz de un gran escritor, incluso lo supuestamente intrascendente entraña en él hondura y sinceridad.

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