Pedro Gandolfo
Domingo 10 de Julio de 2011
Summa zuritiana


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Si es verdad que para toda tentativa crítica resulta siempre conflictivo, ante una determinada obra, el intento de esclarecer la medida en que el trasfondo autobiográfico de una escritura determina sus elecciones formales y otorga las claves de su sentido, también lo es que en el caso del poeta chileno Raúl Zurita (Santiago, 1950) el asunto se torna aún más espinoso. Ya en 1979, con Purgatorio, se echaban las bases de un discurso poético para el cual la confusión de los planos, la sutil imbricación de la identidad civil del autor y del “yo poético” que sustentaba los textos, jugaba un rol medular: la imagen del rostro mutilado del poeta en la portada, la exposición de una fotografía de carné o de un informe psiquiátrico, la inclusión de su propio nombre en los versos, todo tendía a problematizar la relación entre lo biográfico y lo poético, entre vida y escritura. La reciente publicación de Zurita, a más de tres décadas de aquella nota inaugural, parece enfatizar desde un inicio la persistencia de dicha problemática: la coincidencia nominal entre autor y poemario, entre persona y libro, supone la reafirmación de un proyecto poético que se funda en la identidad de ambos ámbitos, de una poesía que se reconoce como la extensión del trasfondo de quien escribe.
Lo primero que sorprende a quien emprende la lectura de Zurita es el volumen y la extensión del proyecto que pretende llevarse a cabo en sus páginas. No es frecuente encontrar el caso de un poeta maduro que, habiendo ya consolidado una voz y un tono personal, se arriesgue en la escritura de una obra en la que predominan el afán de totalidad y la apuesta por el exceso, comúnmente asociados con el ímpetu de poéticas jóvenes o principiantes. ¿En qué radicaría, entonces, la magnitud de esta nueva arremetida? Cabría señalar, en primer término, algo que resulta evidente para quien posea una mínima familiaridad con su quehacer: la acumulación cíclica, la repetición, el retorno obstinado a un puñado de figuras obsesivas, han sido desde siempre las claves de su oficio. Pareciera haber, en Zurita, la intención de mantenerse insobornablemente fiel a un puñado de motivos personales, de volver a ellos una y otra vez y ahondar sin reservas en sus implicancias. Zurita es, en tal sentido, una auténtica summa, una culminación: lo que en sus versos se intenta es acopiar, en extenso, casi la totalidad de un trabajo que abarca más de tres décadas de escritura ininterrumpida.

La experiencia traumática del golpe militar, tanto en el ámbito personal como en el social, es de nuevo aquí el eje del verbo zuritiano. El libro se plantea, pese a su amplitud, como una suerte de narración destinada a registrar los pormenores de un periodo acotadísimo de tiempo: el decurso del atardecer del 10 de septiembre, de la noche del mismo día y del amanecer del 11 de septiembre de 1973. Las tres secciones del poemario vendrían a ser, a grandes rasgos, el desolado discurso que un niño articula ante la figura ausente de su padre en el transcurso de dicha velada, sin encontrar jamás ni interlocutor ni respuesta. Para el arranque visionario de esta poesía, sin embargo, poco valen las precisiones relativas a la estructura: todo parece caber, sin prohibiciones, en el ensanchamiento de un discurso que constantemente superpone tiempos y espacios, hablantes y voces, vivencias individuales y vivencias colectivas. Para el tono apocalíptico y totalizador de Zurita, la clave estaría en hacer palpable la indiscutible universalidad de la experiencia del dolor: la memoria individual del sujeto Zurita es también la memoria de todos los sujetos que han sido víctimas de la represión y de la brutalidad, sin importar las distinciones de época o de raza; el recuerdo de los asesinatos y las desapariciones, también el recuerdo de las mutilaciones propias, de las carencias familiares y de los fracasos amorosos; la historia del golpe militar en Chile, también la del Éxodo bíblico, la del holocausto judío, la de Hiroshima o la de Dresde.

Sería inútil aventurar aquí una revisión de cada uno de los recursos a los que echa mano esta poesía para lograr sus objetivos. El uso admirable de la cita y del epígrafe, la reescritura de textos provenientes de la tradición literaria y popular, la exposición poética de sueños y de visiones, la alternancia de lo lírico y de lo narrativo, la reciprocidad entre interioridad y paisaje, operaciones habituales del discurso zuritiano desde Purgatorio, se desenvuelven en las páginas del poemario con la destreza que cabe esperar de un poeta maduro. Y es que la madurez creativa de Zurita, como casi todo en su trayectoria poética, es sumamente compleja y contradictoria, tensándose desmesura y obsesión con el vigor y la fuerza expresiva que hacen de su escritura un hito ineludible en nuestra tradición.

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