Pedro Gandolfo
Domingo 17 de Julio de 2011
La necesidad de un tigre


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Desde la aparición, en 1934, de los relatos que componían El joven audaz sobre el trapecio volante , la admirable obra del escritor norteamericano de origen armenio William Saroyan (1908-1981) se mantuvo siempre fiel a un puñado de tópicos y figuras: la narración de historias mínimas, aparentemente menores, protagonizadas por seres entrañables afanados en hallar un auténtico sentido existencial en un mundo en el que arreciaban la incomprensión y la carencia de amor. Publicado en 1951 y recientemente traducido al español, El tigre de Tracy representa una muestra ejemplar de aquella búsqueda y un pórtico privilegiado para adentrarse en el inconfundible universo saroyanesco.

La historia narrada en el libro es, a primera vista, de una sencillez apabullante. Thomas Tracy, un niño de San Francisco que desde muy pequeño "se dejaba llevar por el sonido de las cosas", escucha a los tres años de edad pronunciar a una persona la palabra "tigre" y, totalmente encantado por su sonido, se obsesiona con la idea de poseer él mismo un tigre que lo escolte a dondequiera que vaya. Tras años de búsqueda, después de revisar "imágenes de todo tipo de animales en diccionarios, pinturas, enciclopedias y películas", Tracy pasea por el zoológico de la ciudad y, ante la jaula de la pantera negra, resuelve que aquel animal es en realidad el tigre que había perseguido durante toda su infancia y se apropia de él: "No regresó al zoológico a observar una vez más a su tigre, pues no hacía falta. Se había apropiado de él. Se había apropiado cabalmente de él, en los cinco minutos en que lo había observado mirar al infinito con el terrible orgullo y resignación de los tigres".

El juego narrativo de Saroyan ya está desatado: sin reparar en la inverosimilitud del caso que relata, un narrador en tercera persona, que pese a su omnisciencia siempre se muestra distanciado y recatado en sus juicios, nos informa de las peripecias que experimentará el protagonista en compañía de su "tigre" desde aquella tarde decisiva. Tracy se mudará a Nueva York, conseguirá un empleo como cargador de sacos en una empresa cafetera, intentará ascender en vano al cargo de catador de café, vivirá un efímero y fallido romance con una muchacha llamada Laura Luthy -también dueña, por cierto, de una "tigresa"- y finalmente regresará, para reponerse de su fracaso amoroso, a su San Francisco natal. Al cabo de seis años, de regreso en Nueva York con la idea de rememorar su antigua vida y evocar el fugaz amorío que tuviera con Laura, su historia dará un vuelco inesperado. Ya no sólo él, sino que todos los transeúntes con los que Tracy se cruza en su caminata son capaces de ver a la temible pantera negra que le sigue los pasos. Como es lógico, el estupor y el pánico suscitado por tal espectáculo en la normalidad de la vida neoyorquina no se dejarán esperar, obligando a Tracy a lidiar con la acusación de locura y a colaborar con las autoridades para restablecer el alterado orden público.

Sin duda, lo más notable de El tigre de Tracy radica en la manera en que Saroyan logra desarrollar, con una llaneza y espontaneidad asombrosas, una historia tan arriesgada y fuera de los límites de un realismo estrecho. Su destreza en el tratamiento de lo fantástico es, en tal sentido, impecable: una prosa certera, sobria y mesurada es capaz de hacer que aquello que parece inadmisible se exhiba como algo natural, como un hecho plausible y verosímil, consiguiendo desde la primera línea -"Thomas Tracy tenía un tigre"- la venia y la aquiescencia del lector. No se objeta que aquello que en realidad es una pantera sea, para el personaje, un auténtico tigre, ni que éste lo acompañe en sus quehaceres cotidianos sin ser percibido por el resto de los personajes. Tal y como ocurre en las mejores narraciones kafkianas, la apuesta por el absurdo y su sutil humorismo son aquí menos un ornamento que una exigencia necesaria para sugerir y bosquejar un sentido.

Las implicancias de dicho sentido no son nuevas para quien conozca el resto de la obra de Saroyan: la urgencia de fraternidad y de comunión, la exaltación de la bondad, la apuesta emotiva por el significado entrañable de lo humano en una sociedad determinada por la soledad y la incredulidad. Tracy mantiene hasta el último momento una fe y una lealtad inquebrantables hacia su mascota, más allá de la pretensión de cierto psiquiatra por declararlo loco o de los planes del jefe de la policía para capturar a la criatura. Y es que el tigre, como dilucida el propio narrador al final del libro, "es el amor": una confesión que, pese a su obviedad y su literalidad, no molesta para nada en la última línea de una breve y sutil obra maestra.

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