Pedro Gandolfo
Domingo 07 de Agosto de 2011
¿Epitafio de qué?


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LA CRÍTICA DE PEDRO GANDOLFO

La obstinada redundancia de un puñado de tópicos desgastados y, sobre todo, el uso casi obsesivo del imaginario salitrero y pampino, dos de las principales críticas que acosan a la obra novelística del chileno Hernán Rivera Letelier (1950), parecieran no tener cabida a la hora de evaluar su última publicación. En El Escritor de Epitafios, el autor nortino amplía su universo narrativo distanciándose del que ha sido hasta la fecha el referente casi exclusivo de sus libros anteriores y aventurando una trama en la que gravitan problemáticas y motivos extraños a los hábitos usuales de su creación. La renovación temática, sin embargo, no se concierta aquí de modo suficiente con un empeño igualmente estimable por optimizar y pulir los recursos de su escritura: Rivera Letelier despliega una narración en la que la amenidad complaciente, la labilidad a la hora de desarrollar conflictos y personajes y la carencia de una estructura novelística solvente y atractiva priman, a fin de cuentas, por sobre una auténtica exigencia de profundidad y de rigor formal.

La enigmática condición del protagonista de esta novela, aquel “Escritor de Epitafios” al que hace referencia su título, es la base del juego narrativo que se lleva a cabo en sus páginas. Desconocemos su nombre o su edad y son muy escasos, casi nulos, los datos relevantes que manejamos de su biografía. Por boca de un narrador en tercera persona, que de principio a fin se hará cargo del relato, nos enteraremos de que poco tiempo antes del golpe de Estado el personaje logró publicar un libro de cuentos, titulado La extrema juventud (¿un homenaje a Claudio Giaconi?), que prometía depararle una importante carrera literaria; que el golpe truncó dicha carrera y que, después de ser duramente torturado, fue obligado a transitar por diversos países en un largo exilio europeo; que, al cabo de veinticinco años, regresó a su país, a su ciudad, para llevar una vida rutinaria que se reparte entre dos espacios únicos: un cuartucho en una vieja pensión de jubilados, donde se aloja entre un par de muebles y un gato, y la mesa de un café al que es asiduo, verdadero santuario al que concurre día a día, sin excepciones, para escribir y para charlar con un grupo de parroquianos amigos.

Pero resulta que este hombre, según se nos dice al inicio de la narración, “en verdad es un ángel”, un “ángel de café”, un “ángel sin alas”. Fascinado por esta idea, el autor se esmerará, en los capítulos iniciales del libro, en glosar las disparatadas especulaciones en las que el protagonista discurre en torno a la naturaleza de aquellas criaturas angélicas que, como él, habitan encubiertas entre los hombres. Luego, sin mayores consideraciones ni prudencias, dando por sentado que el lector ya ha aceptado las condiciones de su juego, pasará a relatar, sin más, los detalles de su “caída”: un buen día de febrero, desde la apacibilidad acostumbrada de su mesa, nuestro Escritor de Epitafios “ve pasar a la niña gótica que le ha de trastocar su existencia”.

El escritor luminoso, “angélico”, terminará enamorándose de aquella sombría adolescente de dieciséis años que, vestida con los atuendos negros característicos de su tribu, pasea a diario frente a la terraza del café; por su parte, la muchacha, que para nuestra sorpresa resultará ser una poetiza novata, lectora de Allan Poe y de Bataille, se sentirá atraída por la misteriosa figura del escritor maduro, y acudirá a él con el propósito de pedirle consejo y, de paso, llenar el vacío existencial de una vida atormentada y solitaria. La transformación que ambos personajes experimentan en el curso de su acercamiento amoroso vendrá a ser el asunto que ocupe el resto de la narración. No obstante, la superficialidad con la que están esbozados los caracteres de los actores del relato, junto al abuso del clisé y de lo caricaturesco, acabará despojando de valor y de radicalidad el desenvolvimiento de dicho proceso. La liviandad de las frases hechas, el abuso de las explicaciones y la profusión de ingeniosidades triviales excluyen —y no colaboran— a la exposición del conflicto central.

La novela es desprolija en el manejo de los distintos recursos narrativos y la sutilidad y agudeza psicológica, dos condiciones inexcusables en la ejecución de un relato tan breve, se echan en falta en sus páginas; están suplidas por un tono que confunde simpatía con mera ramplonería y por el uso de un lenguaje llano, romo y deslavado, así como por la lamentable inclinación de su narrador hacia la rusticidad y la obviedad. Y es que, como él mismo confiesa hacia el final del libro, prefiere ahorrare las dificultades al lector y optar, sin azoramientos, por las soluciones “sentimentales”, “cursis” y “folletinescas”: no puede esperarse una declaración de principios más explícita y que releva de pruebas.

El Escritor de Epitafios
Hernán Rivera Letelier
Editorial Alfaguara, Santiago, 2011, 129 páginas, $9.900.
NOVELA

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