
D.S./E.I.S.
Criado en la chacra Subercaseaux en San Miguel, espacio de tertulias, de lecturas —Gabriela Mistral fue acogida allí—, de música y de pinceles (su abuelo, Ramón Subercaseaux, es considerado uno de los mejores pintores en la historia de Chile), Gabriel Valdés se nutrió en su infancia de un rico entorno cultural. Luego, junto a su mujer, la compositora Silvia Soublette, formó un hogar lleno de música, acervo que han cultivado sus descendientes, entre ellos el reconocido director de orquesta Max Valdés.
Pero la sensibilidad cultural de Valdés (1919-2011) no quedó confinada a un pequeño y refinado nicho. Iniciativas tan masivas como el multitudinario concierto de Plácido Domingo y Verónica Villarroel en la plaza de Armas de Santiago o la muestra de Rodin en el Museo Nacional de Bellas Artes se deben, en gran medida, al empeño y perseverancia con que el político impulsó la ley donaciones culturales, bautizada en su honor como “Ley Valdés”.
Esta normativa, que estableció franquicias tributarias para los aportes del mundo privado a la cultura, representó un paso inédito para el precario desarrollo cultural chileno. “Chile es un país que tiene una historia pobrísima en materia de cultura y fomento a las artes. En dos siglos hay escasas manifestaciones de preocupación. La obra cultural se hizo más bien por personas, como Vicuña Mackenna y otras contadas personalidades”, afirmaba Valdés, quien en su gestión como canciller de Eduardo Frei también tuvo a la cultura como una de sus prioridades.
En una entrevista con “Artes y Letras”, el político democratacristiano recordaba la tramitación del proyecto en 1990, que fue aprobada por unanimidad en el Senado y la Cámara de Diputados. “Le di vueltas durante mucho tiempo y para redactarla me inspiré en el modelo norteamericano. La conversé con el entonces ministro de Hacienda, Alejandro Foxley —una persona muy culta, no como el barniz cultural que tienen algunos economistas— , quien logró ver el provecho de la iniciativa. Había un ánimo muy receptivo en ese momento”. Gracias a esta ley, las iniciativas culturales han recibido, entre los años 1991 y 2010, 250 millones de dólares por parte del mundo privado.
Fiel centinela
Valdés no sólo fue el autor intelectual y material de la Ley de Donaciones Culturales, sino que también su permanente centinela. Donde quiera que estuviera, se preocupó de defender el espíritu que animó a los legisladores que la aprobaron. Esta cruzada lo llevó a promover una serie de perfeccionamientos al cuerpo legal, los que no siempre fueron acogidos. Le preocupaba ampliar su cobertura, ya que, sin bien la norma generó un instrumento inédito en la historia cultural del país, hasta hoy los privados no aportan más que el 10 por ciento de la inversión total en el rubro de la cultura.
El año 2004, cuando fue despachada una reforma legal que buscaba aumentar las sanciones por el uso incorrecto de las donaciones universitarias y hacer más estrictas las prestaciones, realizó una drástica defensa de la norma. “La idea del Estado como actor cultural chileno domina en una forma muy avasalladora. Sin duda se han hecho obras muy interesantes —podría citar como un ejemplo excelente la Orquesta Juvenil—, pero la acción del Estado tiene muchas limitaciones, que requieren del apoyo del sector privado. Y ahí es cuando uno nota una cierta desconfianza en el Estado: que van a sacar ventaja, que son muy ricos o de otra tendencia. Entran a jugar elementos anticuados, reaccionarios. El estatista es tan reaccionario como el peor de los derechistas”, afirmaba.
La muerte sorprendió a Gabriel Valdés en los mismos días en que se discute en el Congreso una nueva reforma a la ley, que busca perfeccionarla y ampliar su cobertura. Y él no estaba ausente de este debate. El actual ministro de Cultura, Luciano Cruz-Coke, le consultó su opinión en varias ocasiones. “Conversamos muchas veces en su departamento sobre las modificaciones que le estamos haciendo a la ley. De su consejo surgieron muchas indicaciones que se han incorporado”, explica Cruz-Coke.
La carta al ministro
Hace sólo algunos meses, en marzo de 2011, el ex senador le envió una carta sobre el tema al ministro Cruz-Coke. En la misiva, Valdés detalla sus ideas sobre la reforma legal y aplaude la necesidad de ampliar la gama de contribuyentes que pueden ser donantes.
También juzga valiosa la posibilidad de donar especies por parte de los herederos, indicación que también contiene la nueva ley. “De esta forma, el destino de colecciones de distintos tipos de objetos artísticos no será su fragmentación y dispersión entre los herederos, sino que ellas puedan ser entregadas, con beneficio tributario, como un todo”, escribe. En la misiva subraya la necesidad de crear fondos patrimoniales que le den estabilidad financiera al funcionamiento de bibliotecas, museos y centros culturales.
Un deseo que Gabriel Valdés no pudo cumplir a través de su vida y que esperaba que se lograra con la nueva reforma legal es el aumento del 4 al 5% de la renta imponible del contribuyente de los montos a donar, así como la posibilidad de que los contribuyentes de primera categoría pudieran donar, aunque no tuviesen utilidades.
Su carta termina con una gran exhortación para “democratizar” la ley, con la idea de hacerla más accesible a las pequeñas corporaciones de pueblos y localidades rurales. “Una de sus mayores inquietudes fue simplificar los trámites que debían realizar las personas de lugares apartados, para que lograran recaudar fondos y así pudieran concretar sus proyectos culturales”, explica Óscar Agüero, secretario del comité de Donaciones Culturales.
“La cultura era una de sus grandes pasiones. Es algo que vivió en su entorno familiar y en su matrimonio, pero que no se puede explicar sólo por eso, era un compromiso muy personal. No es frecuente encontrar en el mundo político, en el que se suele buscar los réditos más inmediatos, un ejemplo similar”, concluye Óscar Agüero.
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Posteado por: Mª. Isabel Zendelman 15/09/2011 10:52 [ N° 1 ] |
Más que una pasión, la cultura era una vocación en la vida de este noble ciudadano y gran señor. |
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