Pedro Gandolfo
Domingo 18 de Septiembre de 2011
Espíritu de oposición

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En un notable ensayo de su libro Representaciones del intelectual, Edward W. Said anotó el requisito elemental que caracterizaría a aquella figura compleja, ambigua y heterogénea que etiquetamos como “intelectual”: ante todo, un insobornable “espíritu de oposición” que, reacio a las acomodaciones y las sumisiones de cualquier tipo, se inclinaría siempre por vigorizar la honestidad de un pensamiento destinado a afianzar “el rechazo del statu quo” y de los discursos establecidos; una suerte de vocación incorruptible por ofrecer la sanidad de “visiones desenmascaradoras o alternativas, en las que, por todos los medios a su alcance, el intelectual trata de decir la verdad”. La reflexión es oportuna para encuadrar el que ha sido hasta la fecha el quehacer del escritor británico Christopher Hitchens (1949): polemista pertinaz, objetor incansable, su figura descuella desde hace varias décadas en el escenario de los debates públicos del mundo anglosajón. Hitch-22, su recientemente publicado libro de memorias, se plantea como un exhaustivo seguimiento de los vaivenes de dicho espíritu, como la revisión en extenso de los desvelos y preocupaciones de una auténtica “vida intelectual”.

Hitchens se esmera por encontrar un tono particular, una cierta modalidad de escritura apropiada para hacerse cargo del material ofrecido por la experiencia que, sin adecuarse con facilidad en los cánones de lo autobiográfico, apueste en cambio por indagar en las licencias y riquezas del más amplio registro memorialista. Dueño de una prosa suntuosa, siempre sorprendente en su admirable uso de recursos, en su disposición irónica y en la agudeza de sus observaciones, lo que Hitchens buscaría es la instauración de un discurso anchuroso, anárquico y espontáneo, el único idóneo a la hora de responder a la emergencia fortuita de aquellos “apuntadores proustianos” de los que él mismo habla al inicio del volumen.
Narrados por una voz que en todo momento pretende reproducir, en la escritura, el desarrollo informal y deshilvanado de una conversación, cada uno de los recuerdos que atiborran las páginas de Hitch-22 desafían los límites entre lo privado y lo público, entre individuo e historia. Si el intelectual aspira a sentirse como un “hijo de su tiempo”, esclareciendo su propia peripecia individual a la luz de los procesos históricos y sociales en los que ésta se inscribe, el británico es una evidencia ejemplar. Incluso en los capítulos más personales al inicio del libro esto es determinante: el trágico relato de la vida de Yvonne, su madre suicida, se explicará en gran medida por el hecho de ser una mujer judía condenada a ocultar su condición en una Europa enferma de antisemitismo, así como el carácter frío y distanciado de su padre, el “Comandante”, por sus años de servicio en la disciplinada Marina británica durante los años de la Segunda Guerra Mundial.

Hitchens es consciente de que el recuento de su experiencia personal en las últimas cinco décadas implica sintetizar y reconsiderar cada uno de los sucesos políticos relevantes que han agitado a Occidente desde mediados del siglo XX, y las casi quinientas páginas de sus memorias alcanzan para ello. Desde sus estudios en Oxford hasta los actuales debates en torno al extremismo islámico, nada parece escapársele: la agitación revolucionaria de la década de 1960, las consecuencias de la Guerra Fría en Vietnam, en Praga, en Latinoamérica y en Polonia, la caída del comunismo soviético, las secuelas del thatcherismo y el reaganismo, la Guerra del Golfo, los atentados de Al Queda en 2001 y las invasiones norteamericanas a Afganistán e Irak, todo será revisado por la pluma mordaz de un escritor sobre el que hoy pesan las acusaciones de traición a sus convicciones izquierdistas y de acomodación con el statu quo. Y aunque él mismo nos advierta que “las memorias siempre deben esforzarse en evitar demasiados ajustes retrospectivos”, no hay un solo pasaje de Hitch-22 que no destile esa voluntad de reexaminar y revalidar los compromisos ideológicos del pasado.

Si lo que Hitchens pretende es demostrar la coherencia y la integridad que determinaron el paso desde sus viejas convicciones socialistas hasta su actual disputa con el nuevo “sectarismo de izquierdas”, desde su antiamericanismo juvenil hasta su apoyo irrestricto a la política bélica de la administración Bush, terminará en gran parte construyendo una imagen de sí mismo demasiado idealizada y narcisista. Un lector inquisitivo, por cierto, no tardará en reparar en ello. Pero también reconocerá, si está dispuesto a ir más allá de sus diatribas, todo aquello que hace de Hitch-22 un gran libro: el talento de un escritor extraordinario, casi inigualable en la ironía y en el homenaje emotivo de sus maestros y amigos, y la honestidad de un pensador que define el sentido de su entrañable labor intelectual como la obligación de “defender la complejidad e insistir en que los fenómenos del mundo de las ideas no deberían convertirse en eslóganes ni reducirse a fórmulas fáciles de repetir”.

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