

Hay que decir —en favor de Antonio Díaz Oliva— autor de su primera novela, La soga de los muertos, que escogió una historia, un tono y una forma muy en sintonía consigo mismo. En la escritura de Díaz Oliva abundan la jovialidad, un humor ligero y una bien lograda impresión de ingenuidad en un texto construido no ingenuamente.
En efecto, aunque la novela de Díaz Oliva trama tres historias, y lo hace bien, la aproximación general a ellas es la de un adolescente o esa mezcla compleja de niño y adolescente, en que hay imaginación, asombro, soledad e incertezas. Ello resulta de ese modo ya que la historia que sirve de eje a la novela, en relación con la cual mueven las otras dos, es un relato de formación, aprendizaje y crecimiento de un niño. La historia de este niño —a diferencia de la tradición— se cuenta en tercera persona y, en algunos episodios, se incluye, además, una bitácora o diario que el protagonista escribe en primera persona, pero en ambos casos el lector percibe que el punto de vista siempre es el del adolescente, un adolescente algo “nerd”, que ama los comics y se inicia en el cine y la literatura. La soga de los muertos está, en efecto, atravesada por literatura: las dos historias subordinadas —la visita a Chile del poeta beat Allen Ginsberg y la campaña en que unos conjurados promueven el Premio Nobel de Literatura para Nicanor Parra— y la formación misma del protagonista como artista puesto que se atisba en ella también el camino hacia la escritura.
En el plano del lenguaje la novela simula —pasando por el conveniente filtro literario— el modo de hablar y, por lo mismo, de concebir su mundo, del adolescente en tránsito hacia la juventud y adultez. La elección de este punto de vista, con todo, tiene consecuencias en el tono de la novela: resulta más bien trivial en sus contenidos y, por momentos, desafía la credibilidad del lector. Así, la historia del grupo PARRA se alarga, es pueril y prescindible en el texto. Quizás es el lado más renqueante de esta novela. Hay poca verdad en ella y el humor decae hacia una infantilización del relato. Ello rebaja erradamente el tono de la novela, erradamente porque la adolescencia lejos de ser una edad simple de representar, al contrario, exige una observación sicológica y una escritura elaborada, paradójicamente ajena al lenguaje propio de esa edad, para poder dar cuenta de sus fisuras, dudas y contradicciones Así, Agostino, de Alberto Moravia, Las tribulaciones del estudiante Törless, de Roberto Musil, El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger, El tambor de hojalata, de Gunter Grass, entre otros, son ejemplos de la profundidad que puede alcanzar una novela de este género.
La estructura del libro es uno de sus aspectos más logrados: Díaz Oliva construye el relato tramando textos cortos, concisos y claros, manejando con sintonía fina la coordinación de las historias y empleando muy bien las elipsis: La soga de los muertos, a través de los cortes apropiados y los silencios deja abierto —quizás demasiado— un relato en que el lector tiene que ir colmando los vacíos según su propia interpretación. La narración avanza con holgura y agilidad gracias a este diseño a tres cuerdas que se van barajando.
Otro aspecto que se requiere destacar es el uso adecuado de la visualidad en la narración. El protagonista es un niño que crece y se forma en el mundo de las imágenes: el comics y el cine preferentemente. En el camino al colegio, desde su asiento en el bus, divisa pinturas en el interior de una casa que luego narra y copia. Algo semejante ocurre con sus sueños. Las pinturas y los sueños, con una figuración surrealista, pasan a la clase de artes visuales y de allí a la novela. En La soga de los muertos se advierte, de esta manera, un tránsito (y una elección) que va desde la visualidad no narrativa a una visualidad en la escritura. Las imágenes descritas por el autor y el momento en que las coloca introducen en la novela una inquietud, misterio y simbolismo que enriquece el texto y acrecienta los sentidos del relato. Ambos aspectos, la estructura ágil de la novela, que se despliega como rápidas secuencias de un filme, y las imágenes visuales, parecen dirigir la novela hacia un lector “cinéfilo”, como si el autor siguiera todavía aferrado a la primacía de lo visual en que el protagonista crece.
Una novela desde luego inmadura, pero simpática, ligera y sugerente. Más allá del lugar común, Díaz Oliva ofrece con La soga de los muertos una obra que, por los méritos señalados, aconseja poner la debida atención a sus entregas futuras.
La soga de los muertos
Antonio Díaz Oliva
Editorial Alfaguara, Santiago, 2011, 188 páginas, $9.900
NOVELA
| Do | Lu | Ma | Mi | Ju | Vi | Sa |
|---|---|---|---|---|---|---|
| 1 | 2 | 3 | 4 | 5 | ||
| 6 | 7 | 8 | 9 | 10 | 11 | 12 |
| 13 | 14 | 15 | 16 | 17 | 18 | 19 |
| 20 | 21 | 22 | 23 | 24 | 25 | 26 |
| 27 | 28 | 29 | 30 | 31 |