
Por Julio Osses
Una década antes de que Nirvana patentara en sus hits el irresistible recurso del fuerte-suave-fuerte-suave otra vez, Tears For Fears ya había evolucionado el concepto, con un maridaje perfecto entre el beat machacante de las baterías ochenteras y la densidad crujiente de las guitarras épicas con perfumes celtas, la sutileza de los teclados análogos y la eficiencia imbatible de coros nacidos para vociferarse en conciertos de gran escala. O más claro aún, el ying y yang entre la viril ansiedad rockera de Roland Orzabal y el registro prístino, delicado, casi onírico de su retornado socio Curt Smith.
"Everybody loves a happy ending", el beatlesco disco que selló la reagrupación de la dupla, tiene sólo media década, pero sus canciones se sostienen con dignidad al lado de los clásicos imbatibles de los 80 que fueron columna vertebral de un show que rozó lo excelente, intenso, inteligente, elegante.
"Everybody rules the world" abrió los fuegos con puntualidad británica, sólo minutos después de la hora pactada, con la banda en formación mínima de sexteto con dos guitarras y teclados. Sólo lo suficiente para reproducir fielmente las sofisticadas capas sonoras tan características de los discos del dúo inglés, ante un Arena Movistar en disposición reducida a la mitad de su capacidad, pero con generosa convocatoria.
La lista de canciones continuó con todo lo deseado, incluso con tiempo para tocar "Break it down again", el primer hit de "Orzabal" sin Smith, y un excéntrico y celebrado "Billie Jean" traspasado a tiempo tres cuartos y clima de soul a-la-Atlantic, ralentado y emocional. Si bien lo vocal tuvo alguna deuda en la garganta de Smith -más atribuible a constipación pasajera que a desgaste irremontable-, este elemento que siempre fue carta segura del grupo estuvo a la altura, especialmente en las legendarias armonías a dos voces, recreadas con éxito, y la garganta milagrosa del canadiense Michael Wainwright, capaz de fluir desde el rock rasposo al alto femenino, sin complicación. Su sorprendente performance justificó su agradable intervención como telonero, media hora antes de los titulares.
Tras poco más de 90 minutos y una quincena de canciones, el bis con "Woman in chains" (con Wainwright brillando) y el hit "Shout" fueron suficientes para que la banda sellara una noche notable, y volviera sin reproches por donde vino: ese camino que separa la mera nostalgia, del goce que proveen las bandas clásicas en directo.
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