
Christian Ramírez
De todos los géneros cinematográficos, el filme-concierto debe ser uno de los más conservadores; lo que no deja de ser una ironía considerando que el rock suele ir de la mano con la idea de ruptura. Desde que Woodstock de Michael Wadleigh, sentó sus bases en 1970, su fórmula se ha mantenido más o menos inalterada: la banda presenta sus canciones, el público reacciona y en medio se insertan unos cuantos close-up de los músicos (en especial, durante los solos). Y sería todo.
¿Tan esquemática es la fórmula? En teoría sí, porque, tal como en el buen melodrama, la verdadera clave de este cine musical radica en la intensidad, en cómo la mirada se posa sobre el intérprete y en la forma que éste se las arregla para derribar la barrera espacial que lo separa del espectador. Eso bien lo saben y lo aplican maestros del género como Scorsese o Jem Cohen, pero también está presente en productos que parten como simples reempaques y acaban convertidos en revelación, como el recién editado Nirvana: Live at the Paramount (2011), registro de la actuación que el trío de Kurt Cobain realizó en dicho teatro de Seattle el 31 de octubre de 1991, cuando la banda aún no digería las noticias sobre el inmenso éxito de su álbum Nevermind.
Y eso es precisamente lo que está plasmado en pantalla. La compacta y densa presentación de unas canciones que todavía sonaban “jóvenes”; muy lejos de ese sonido de himno teen y cortina de MTV que poseerían apenas un año después, cuando Cobain y su gente estaban envueltos en una vorágine que acabaría con el grupo en el despeñadero y su líder muerto en abril del 94. Parados sobre el escenario del teatro, con un simple telón de fondo y un par de bailarines a go-go por toda ayuda escenográfica, el grupo no luce muy distinto a los entonces desconocidos The Jimi Hendrix Experience al comienzo de su actuación en Monterey Pop (1968), eso sí con una diferencia clave: el filme de D.A. Pennebaker se estrenó a meses de los hechos, cuando el eco del festival estaba vivo y Hendrix camino del Olimpo; Live at the Paramount, en cambio, llega con veinte años de retraso, con cierto halo fantasmal y de leyenda acumulada: por años se supo que existía el material (parte del audio había aparecido en diversas compilaciones) y que, a diferencia de casi todos los registros de concierto de la era grunge (en su mayoría captados en betacam), esto se había filmado en cine, en 16 mm. La diferencia juega entera a favor del filme, en especial a la luz de nuevos documentales sobre el período, como el reciente PJ20 (2011) donde Cameron Crowe hace malabares para equiparar la disparidad de material audiovisual a la hora de narrar la historia de Pearl Jam.
Mientras Crowe acaba con algo parecido a una colcha hecha de parches y recortes, Live at the Paramount luce extrañamente pura y libre para exponer por sí misma el sonido que tanto nos atrapó hace dos décadas, uno que no debería sentirse tan lejano como el de los Beatles o los Stones, pero que hoy es tan “siglo XX” como el de estos, atrapado en una circularidad estricta no muy distinta a la del formato-canción. Curiosa sensación, en un momento en el que tal como dijo hace un tiempo Peter Buck, guitarra de los fenecidos R.E.M., al rock hoy le ocurre lo mismo que al jazz en los años 60: su influencia cultural -alguna vez enérgica y poderosa- se está fragmentando sin remedio, a riesgo de convertirse en un reducto para especialistas en un presente que se escapa en muchas direcciones y para arqueólogos de un pasado que no cesa de expandirse.
En cuanto a la figura de Cobain, Live at the Paramount no hace mucho por aclarar su misterio. Si cabe, lo amplifica, y de un modo similar a como hicieron la notable Last days (2005) de Gus van Sant y el hermoso documental About a son (2006): la cámara flota incansable sobre él, en plano general, a contraluz, en primer plano. De lejos y de cerca, Kurt es una desordenada masa de cabellos, un oscuro chaleco, unos labios en movimiento, una guitarra encordada para zurdos. Un sonido. A veinte años de distancia, eso nos debería bastar.
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