

Libertad es la cuarta entrega de Jonathan Franzen (Illinois, 1959). Ya en su anterior novela, Las Correcciones (2001), había saltado al estrellato, obteniendo unánime acogida tanto de la crítica como del público. Libertad es un libro portentoso y constituye su merecida consolidación en la narrativa norteamericana. Ahora bien, ¿De qué libertad nos habla Franzen?
Patty Emerson es la simplona y desdeñada hija mayor de una familia neoyorquina acomodada, destacada basquetbolista y cuya única finalidad en la vida es ser una buena madre y dueña de casa. Por su desafección familiar decide estudiar en una universidad menor y alejada de su hogar en el Estado de Minnesota, corazón del Midwest. Allí lleva una vida centrada en el deporte y conoce al novio de su amiga Eliza, Richard Katz, mujeriego empedernido, desenfadado y marginal joven rockero, también procedente de Nueva York, y de quien Patty quedará prendada. El compañero de piso de Katz es Walter Berglund, oriundo de Hibbing, pueblito del norte de Minnesota. Walter estudia Derecho, es un comprometido ambientalista y feminista, responsable, culto, sensible y trabajador; hijo modelo de un alcohólico veterano de la guerra de Vietnam y de una madre depresiva a quien ayuda a llevar el motel Pinos Susurrantes, fuente única de los ingresos familiares. Walter, al conocer a Patty, queda a su vez enamorado y se convertirá en su esposo. La novela hace un recorrido por décadas de la vida de los Berglund, del auge y caída de su matrimonio, y, de soslayo, por la historia política reciente de los Estados Unidos, abarcando desde la era Reagan hasta Bush junior, pasando por Bush padre y Clinton.
Brillante resulta la traducción que Franzen hace del ideario fundacional de la civilidad de los Estados Unidos de América hacia el ámbito de la conciencia individual de sus personajes. Con eficacia muestra cómo el ideal libertario de la nación —ése inconsciente colectivo— precipita de manera determinante en los pensamientos, conductas y habla de sus personajes; muestra el modo en que la tradición ideológica afecta las decisiones más insignificantes y cómo éstas decisiones, por efímeras que sean, les condicionan de manera implacable y paradojal. Parece que el voluntarismo que les impulsa a llegar a ser es la causa eficiente de su inefable frustración. Por ejemplo, Walter Berglund, que se desvive por construir un mundo mejor, termina trabajando para una corporación cuya misión es salvar a la reinita cerúlea, ave migratoria en peligro de extinción, pero valiéndose de una estrategia retorcida: financia la causa promoviendo la explotación a tajo abierto de amplios bosques para extraer carbón. No hay redención: la libertad se parece a la ardua roca de Sísifo y sería una ilusión, un ente inmutable al revés del dinamismo que ofrece su bella apariencia. La visión sobre la libertad en el país de las libertades es deliberadamente acre y mordaz. Tanto en lo tocante a la deriva de su personaje como al concepto de libertad en sí mismo. Así, cuando Joey, hijo de Patty, conversa con Howard, judío ultrarepublicano, conectado con las altas esferas de la política: “¿La libertad no es eso? ¿El derecho a pensar lo que uno quiere? Y sí, lo admito, a veces es un coñazo”, a lo que Howard retruca (justificando la política de Bush hacia el Medio Oriente después de los ataques del 11-S): “En eso tienes toda la razón (…). La libertad es un coñazo. Y por eso es tan importante que aprovechemos la oportunidad que se nos ha presentado este otoño. Conseguir, por cualquier medio a nuestro alcance, que una nación de personas libres se desprenda de su lógica defectuosa y se adhiera a una lógica mejor”.
El narrador conoce a sus personajes acabadamente y sus juicios son siempre implacables y ecuánimes, convergiendo sus valoraciones con el actuar que se colige de aquéllos. La consistencia es abrumadora en este punto y contribuye para un goce aún mayor de Libertad.
Con una prosa ligera, ingeniosa y rebosante de sentido del humor, Franzen tiene el mérito de mantener en alerta la lectura, línea a línea, deleitando con giros sorpresivos y brillantes de la reflexión, mas no descansando en barroquismos y más bien evitando florituras de lenguaje.
La novela de Franzen es una novela ambiciosa y un logro literario, pues se propone, sin complejos, una narración de inspiración realista en la forma y estilo, penetrando con virtuosa agudeza en la psicología de sus personajes. En algunos pasajes guiña directamente a Guerra y Paz de Tolstoi, y su propuesta evoca la obra de autores como Balzac, Stendhal, Twain y Dostoievski.
El retrato de Libertad es una visión pesimista, cruda y desesperanzada de la sociedad americana, pero narrada con humor e ironía; muestra de cerca algo que parece lejano: la intimidad como posibilidad del ciudadano americano. Ciertamente vale la pena sumergirse en sus páginas.
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Posteado por: marcelo lopez garcia 21/11/2011 19:15 [ N° 1 ] |
Es recurrente la ironía con que los |
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