Camilo Marks
Domingo 20 de Noviembre de 2011
Un crescendo incesante


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El desvelo, primera novela de María José Poblete, se inscribe dentro de la corriente de libros chilenos que mezclan denuncia, complicadas historias familiares, personajes signados por la adversidad, conflictos generacionales, luchas entre distintas formas de entender la vida y otro cúmulo de tópicos que hoy ocupan el centro del acalorado debate valórico nacional. Como debut literario, en general funciona bien. Poblete exhibe oficio, hace uso frecuente de los cambios de tiempo, modifica el punto de vista narrativo y logra mantener el interés en una obra que a veces se desparrama o se torna algo confusa. En otras palabras, captura la atención del lector. Los defectos son tal vez inevitables en una crónica ambiciosa, abarcadora, que recurre a las tintas gruesas y las simplificaciones.

El desvelo expone la trayectoria de tres generaciones de la clase alta, sujetas a los rígidos códigos morales y
religiosos que les son afines, deteniéndose en los últimos descendientes, quienes deben enfrentar el calamitoso legado de mentiras e hipocresía de un clan cerrado, el de los Lira, en cuyo seno se anidan graves abyecciones morales. El suicidio de Felipe, exitoso empresario, es el pretexto para reunir a sus hermanos mayores, Joaquín y Antonia, quienes apenas conocieron al difunto. Joaquín huyó del país en 1986 a raíz de un escándalo que provocó en el Club Hípico al ser sorprendido en actividades homosexuales (nunca queda en claro por qué tuvo que arrancar ni menos qué tenían que ver los militares en el asunto). Antonia, por su parte, no soportó el enrarecido ambiente de su parentela y se radicó en Londres, donde ejerce como abogada. Mucho antes, Manuel, padre de ambos, escapó a Perú robándose las joyas de la madre, quien puso fin a sus días debido a la extrema crueldad de su marido. En Lima conoce a Piedad, rica y aristocrática, se enamora de ella, contraen matrimonio y viajan a Santiago.

El velorio y funeral de Felipe servirán para poner las cosas en orden, sacar a la luz los secretos, terminar con los engaños bajo los cuales se había elevado un edificio de falsedades, en fin, será la catarsis que todos necesitan para sanarse y deshacer el nudo de víboras sobre el cual se construyó la familia. Virginia, esposa de Felipe, no quiere saber más de él y literalmente le pasa el muerto a su suegra. Mariana, la tía soltera, se ha dedicado en cuerpo y alma a velar por los suyos, y aunque pronuncia el lema “no se puede extirpar sin saber, no se puede saber sin hablar”, vacila y opta por el silencio ante la magnitud de las revelaciones acerca de Felipe.

A estas alturas, El desvelo contiene tantos y tan abrumadores descubrimientos que nada consigue sorprendernos. Si al comienzo el estilo es nervioso, convulso, al promediar la lectura del volumen el tono es declamatorio, enfático; la inclusión de nuevos episodios puede disimular el elemento discursivo, si bien a la larga se produce cierta indiferencia, porque ningún relato puede sostenerse en el asombro permanente ni en la acumulación de hechos sensacionales. Poblete ha elaborado con esmero una intriga de ribetes escabrosos y su esfuerzo es valiente y meritorio, a pesar de que cae con frecuencia en lo repetitivo y sentencioso.

Así, cuando Antonia revisa los papeles de Felipe y se encuentra con una red de pedofilia, con sacerdotes, con magnates, con diabólicas mafias, con corporaciones que encubren centros de prostitución infantil, con abusos y crímenes indecibles, en lugar de indignarnos o espantarnos, tenemos la impresión de algo prácticamente burocrático, un trámite por el que había que pasar. En verdad, es difícil sentir sobresalto si el incendiario capítulo en el que Antonia averigua las gracias del benjamín de los Lira está repleto de cifras, archivos, fichas, carpetas que demuestran la perversión del extinto. Por cierto, su reacción no puede ser otra que la santa ira que corresponde frente a tales abominaciones. No obstante, ya se ha enfurecido en tantas oportunidades, que la acusación se transforma en melodrama y la escenografía para su declamación final, en el púlpito de una iglesia, pierde su efecto debido a la exageración.

El desvelo muestra los peligros de componer un texto en crescendo incesante: uno se acostumbra luego a cualquier cosa y nada le llama la atención. Aun así, los temas son importantes, Poblete sabe poner el dedo en la llaga y, pese a los tropiezos que hemos señalado, consigue interesar por medio de una genuina capacidad para entretejer sucesos complejos.

9 Comentarios publicados
Posteado por:
ingrid maria victoria lara leon
20/11/2011 12:40
[ N° 1 ]

Si bien esta muy bien el dar a conocer autores jovenes como lo ha hecho tan bien Camilo Marks, noto con cierta inquietud la proliferacion de temas abigarrados, cuyo unico fin es dejar lelo al lector. Es de esperar que nuestros escritores lolos maduren mas sus temas. Ingrid

Posteado por:
Germán Tapia
20/11/2011 18:31
[ N° 2 ]

La clase alta chilena, sus costumbres, pensamiento, ideología, tendencias, modos de vestir, todo lo que hacen o dejan de hacer parece ser una obsesión permanente de nuestros escritores, pertenezcan a ella, estén cerca de ella o no tengan nada que ver con ella. Francamente, a mí me parece un interés un poco atosigante, porque además de existir, en lo que es la mayoría brumadora de la población, una clase obrera o compesinado, hoy desproletarizado, tenemos a la vasta clase media, desde los empleados menores y dependinetes, hasta la emergente, la que hoy ocupa todos los espacios púbicos y privados del país. Y tenemos a un inmenso porcentaje de la población que es joven, verdaeramente joven, menor de 30 años y de 20 años, que ha cambiado totalmente la cara, la apariencia, el modo de ser, la ropa, los hábitos, todo lo que es el Chile de hoy. Y nuestros escritores y escritoras, dale que suene con la clase alta, su hipocresía, su religiosidad, su ocultación familiar, etc., lo que a estas alturas viene a ser muy repetitivo, cansador, hostigante. Creo que el país es más rico y tiene más diversidad que un clan familiar sin interés vital, salvo para repetir las monsergas de pecados, bajezas, inmoralidades.

Posteado por:
Elena Latlippe
21/11/2011 14:09
[ N° 3 ]

Yo creo, en referencia a lo que dice Germán Tapia, que la gente puede escribir sobre lo que quiere siempre que lo haga bien o moderadamente bien, la clase alta, media, baja, los mineros del carbón, la moda, viajes, cine, teatro, familias, etc. No podemos imponerles a los escritores los temas que a nosotros nos gustan o prohibiles los temas que no nos gustan.

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Leo Campos
21/11/2011 16:21
[ N° 4 ]

Tengo la impresión de que la novela es mala, malona, malita de frentón y el crítico se da vuetlas y vuetlas como para salvarla y no decir claramente que lisa y llanamente no es un buen libro.

Posteado por:
Margarita Fernandez
21/11/2011 17:38
[ N° 5 ]

Coincido plenamente con Elena Latlippe, Nº 3, no se pueden imponer temas a la gente para que escriba sobre ellos, cada uno es libre de escribir sobre lo que le plaza o lo que tenga ganas y no se necesita ser neoliberal, izquierdista, anarquista, conservador o lo que sea para pensar así.

Posteado por:
Ulises Gomez
21/11/2011 18:33
[ N° 6 ]

Claro que no se pueden imponer temas ni estilos ni formas de escribir a la gente, pero también uno tiene derecho a encontrar sus libros malos o buenos, sea lo que sea aquello sobre lo cual escriben.

Posteado por:
Fernando Herrera
22/11/2011 00:01
[ N° 7 ]

¿Es tan joven, tan lola la autora como lo sugiere Ingrid Lara en el Nº 1?

Posteado por:
Josefa Cernadas
22/11/2011 12:50
[ N° 8 ]

Creo que la edad da exactamente lo mismo en el caso de la literatura, y sobretodo la buena literatura, hay escritores que empezaron muy jóvenes y después se estancaron, otros lo hicieron maduritos o viejos, lo importante es escribir bien y llegar de alguna manera al lector.

Posteado por:
Bernardo Gutierrez
22/11/2011 23:09
[ N° 9 ]

Pero también hay escritores que comiencen bien o mal y sea cual sea la edad que tienen, son siempre malos.

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