Pedro Gandolfo
Domingo 04 de Diciembre de 2011
Las gracias de Marín


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La opinión crítica es ya constante en señalar las virtudes de la escritura y obra literaria del chileno Germán Marín. Así, Últimos resplandores de una tarde precaria , una colección de narraciones y estampas, la mayoría ya editadas, no viene sino a confirmar aquellas virtudes que pueden ser apreciadas aquí por el lector tanto como en sus obras de mayor extensión y complejidad.

Marín busca con su escritura abarcar un mundo que no sólo se despliega en el tiempo, sino que se ramifica, además, en un espacio social, geográfico y humano bastante amplio. Esta ambición de totalidad -de raigambre balzaciana- parte de la intuición central (confirmada por la vida) de que una historia y sus actores protagónicos contienen otras historias y actores secundarios para los cuales los primeros pasan a un segundo plano y éstos últimos ocupan el papel de protagonistas. El lector podrá aquí seguir, por consiguiente, el camino de personajes en apariencia "menores" rozados en otros textos de Marín que allí, por la convencionalidad de la estructura del relato, quedaron fuera, alejados del foco mayor de atención. Ningún libro, ningún relato puede aprehender por sí solo el mundo que el autor quiere construir: es preciso dejar crecer los textos como una hiedra que adhiere y envuelve.

Marín, logra, con un lenguaje literario muy personal y variado en recursos, poner al lector en el punto de vista de esos personajes y de esa manera expandir el mundo representado añadiendo y desarrollando historias y vidas y, por sobre todo, multiplicando las ventanas y miradas a ese mundo. El ser humano parece ser un animal ciego arrojado a su circunstancia -necesariamente estrecha- que sólo el escritor puede mostrar proporcionado holgura donde no la hay. La vida de la regenta de un prostíbulo y casa de recreo en San Antonio, de un sargento cruel y patéticamente enamorado, de un oligarca apopléjico o de un agente de seguridad jubilado adquieren una dimensión anchurosa en la escritura de Marín que su palabra sensible, prolija y corrosiva proporciona a la conciencia más bien muda y precaria de esos seres.

Uno de los principios de composición que se repite en estos relatos, al que alude el título del volumen y que culmina en la narración que lo cierra -un estremecedor monólogo que simula los últimos minutos anteriores al suicidio de Salvador Allende-, es la importancia que se concede a la situación generadora de la narración y al proceso mismo de narrar. Marín prefiere colocar a sus personajes en una situación "terminal", que muchas veces coincide con la vejez y proximidad de la muerte, la enfermedad o deterioro mental o el abandono y soledad extremos productos de un largo exilio o encierro. En ese momento privilegiado, su envolvente prosa va haciendo un lento repaso, sólo en apariencia desordenado, de la vida del personaje, prosa la cual se desperdiga como una mancha de tinta sobre seda blanca en múltiples regueros y finos y sorprendentes capilares. De este modo, la rememoración, el estar "condenado a quedar para siempre con la mirada vuelta hacia atrás", a "extraer vida de la nada", "a escuchar en silencio los viejos días que me persiguen", a aspirar en una sola bocanada "el aire marchito que duerme en la memoria" es una constante en estas narraciones. En "La princesa del Babilonia", por ejemplo, (una nouvelle estupenda), la antigua regenta de la Casa de Recreo, ya vieja y retirada, narra a un interlocutor fantasmal el apogeo de su local, el Babilonia y, de paso, parte de su vida y la de la Bambi, la reina del espectáculo. En otros casos esa situación "terminal" da lugar a textos más concentrados y breves que, en una suerte de relampagueante epifanía, iluminan súbitamente la existencia del personaje y lo impelen hacia un cambio que nunca es seguro si es para mejorar.

La prosa de Marín, como un sello reconocible, no es fácil para un lector pasivo que desee ser guiado segura y nítidamente hacia un desenlace anticipado. A semejanza de lo que señaló Sergio Pitol respecto de la propia, el estilo de Marín es sinuoso, paulatino, amante de los circunloquios y digresiones e imprevisible, porque esa es su manera de captar lo real, que es substancialmente sutil y pluridimensional, y la ética literaria (si existe tal) reclama fidelidad insobornable a ese carácter "algodonoso" de la existencia.

En bien sabido que la obra de Marín se empeña en ficcionar sus materiales biográficos en un proyecto como no tiene parangón en la literatura chilena. La forma, como memoria e imaginación se entrelazan en ella, es muy rica en estimulantes perplejidades y sentidos. Pero la dimensión personal se engarza también con la política: el golpe de Estado de septiembre del 73 es un tajo social y trauma individual que despunta, irredimible, con dolorosa lucidez en sus relatos.

Germán Marín
Santiago de Chile, 1934.
Es autor de la trilogía de novelas Historia de una absolución familiar , compuesta por Círculo vicioso , Las cien águilas y La ola muerta , además de Carne de perro , El palacio de la risa , Ídola , Cartago , La segunda mano y Dejar hacer . En cuanto a relatos, ha escrito los libros Conversaciones para solitarios , Lazos de familia , Basuras de Shanghai y Compases al amanecer . También es autor de Antes de que yo muera , notas de un pasado.

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