

Pulso, de Julian Barnes, está dividido en dos partes.
La primera reúne historias en las que Barnes se introduce en la quintaesencia de la idiosincrasia inglesa. "Viento del Este" es la melancólica y fallida historia, desoladoramente bella, de un corredor de propiedades de zonas abandonadas del noroeste de Londres que inicia un romance gris con la camarera de The Right Plaice, chica inmigrante, proveniente de una geografía tan etérea como los Urales. La serie "En casa de Phill y Johana" está formada por cuatro episodios intercalados entre los otros cuentos. En ellos no hay trama; cada uno es el correspondiente diálogo de sobremesa durante distintas noches entre un grupo de amigos londinenses. Con sus diálogos agudos, mordaces y deslenguados asistimos de primera mano a una revista de actualidad de tópicos, pero desde una óptica británica, con su desopilante humor: la fórmula del understatement aparece recurrentemente, y si el lector sintoniza con esta sensibilidad, habrá no pocos momentos en que pueda desternillarse. Tampoco exento de humor está "En la cama con John Updike" en que participamos de los entretelones de una gira literaria y de las picantes confidencias entre dos escritoras veteranas: "-¿Me estás diciendo que olvidar con quién te has acostado es budista? -Podría serlo. -Pensaba que el budismo iba de cosas que vuelven en sucesivas vidas. -Bueno, eso explicaría por qué nos hemos acostado con tantos cerdos". "El Universo del jardinero" es la tierna historia de un feliz matrimonio en que la técnica de ella compite subrepticiamente con la intuición de él por el control del jardín; el desafortunado e inconsulto arranque de una zarzamora deviene en una sutil pero aún más edificante venganza. "Invasión de la propiedad privada" languidece y se vuelve predecible, aunque la historia atrapa por la extravagante obsesividad de su personaje: un excursionista va espantando a sus novias con sus obsequios, rituales y parafernalias, agentes todos usados con la finalidad de introducirlas en su absurda afición. Un viudo visita por última vez el refugio y confín que unió su alma con la de su difunta esposa; se creía invulnerable a "Las líneas del matrimonio" que inscribían las exóticas isleñas en los jerseys de sus maridos: hermosa y sutil reflexión sobre la impermanencia.
En la segunda parte, reúne cinco historias en un ejercicio de pie forzado que Barnes dedica a cada uno de los cinco sentidos, o más bien a las condiciones hipotéticas de la carencia de alguno. Aquí sale de la isla e intenta una ficción de corte más universal. Tiene puntos altos y bajos. Con todo, cualquier alusión semántica al "pulso" (que forzadamente las hay) no da cuenta del acontecer del relato, o no tiene que ver necesariamente con lo medular que incluye un espurio fracaso matrimonial y una agonía circunstancial. "El retratista", pintor itinerante y sordo se enfrenta al encargo de un zopenco y brabucón inspector de aduanas; una pequeña infamia le motiva a transformar imperceptiblemente su encargo en una sutil maldición. El retrato psicológico de Barnes sobre su personaje, más bien poco dado a este tipo de introspecciones, resulta excepcional: con un remate fino e hilarante, bien podría considerarse una pequeña obra maestra. "Complicidad" es una hermosa deliberación sobre el sentido del tacto por voz de su protagonista, pero cuyo arco narrativo desemboca lamentablemente en un final que revela el encargo y resulta más bien pobre. "Carcasona" es un ejercicio libre de impresiones sobre los amores del revolucionario Garibaldi, aliñada con digresiones arbitrarias y heterodoxas sobre el gusto y el erotismo: aunque divertida, pierde el foco. "Armonía" es quizás el punto culminante del volumen. Ambientada en la Viena imperial de fines del siglo XVIII y basada en la historia de la famosa pianista ciega María Theresia Paradis, especula con la hipótesis de una histeria inducida (y por ende, de su síntoma, la ceguera) debida a los intereses cortesanos de su familia, para la cual todo intento terapéutico del sabio y charlatán protagonista, M., terminan por resultar catastróficos. Este relato recuerda las más sublimes y jocosas invectivas de Tristram Shandy contra el ímpetu escolástico y toda suerte de epistemologías y jerigonzas enciclopedizantes y alquimísticas instaladas en el espíritu incipiente de la era de la razón.
En general, la prosa de Barnes contiene los elementos decisivos para una narración eficaz y amena. Sus relatos suelen ser minimalistas, al menos aquéllos en que saca lo mejor de sí: una poética rigurosamente aristotélica en su estructura (salvo dos excepciones, "Carcasona" y "En casa de Phill y Johanna"), en la que sin excesos de ninguna índole (ni defectos) presenta todas y cada una de las premisas necesarias, con cuidada atingencia, como para que planteamiento, nudo y desenlace fluyan gozosamente en las mientes del lector. Es un autor que siempre está consciente de su audiencia y le entrega sólo aquello que es esencial: la cuida.
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