

El tono, la altura, el ritmo, la dicción, la cadencia, el modo, la voz, la textura, la sintaxis e, incluso, la puntuación -todos ellos esenciales en el logro del mayor efecto poético- se perciben alterados en la traslación desde un idioma hacia otro. Roberto Mascaró se halla perfectamente consciente de esta restricción cuando emprende la traducción de la poesía del último Premio Nobel de Literatura, Tomas Tranströmer, editadas en El cielo a medio hacer y Deshielo a mediodía : él mismo las denomina sólo "versiones", "aproximaciones" o "recreaciones". Por ello, de entrada, cabe hacer un reconocimiento especial al traductor, por sus excelentes versiones de la poesía de Tomas Tranströmer, versiones que constituyen ellas mismas -sin perjuicio de su fidelidad al original- muy buena poesía en español.
Tranströmer, en lo que estas dos estupendas antologías de su obra dejan entrever, no es un poeta de fácil lectura para quien aprecie en la poesía sólo la proximidad del lenguaje, su cotidianidad o llaneza diaria. El lenguaje poético de Tranströmer está fuertemente enrarecido, desfamiliarizado hasta llegar al límite de lo hermético: no sigue el borde y el devenir acostumbrado de las cosas.
En este plano, el acceso a su poetizar no pasa por la lógica común: su poesía no es narrativa, anecdótica ni coloquial. Emplea a menudo metáforas complejas, una simbología dispersa, muy espiritual, pero de una naturaleza más bien panteísta, en la que abundan imágenes inusuales de gran riqueza plástica provenientes del paisaje nórdico sobre todo, y del de otras regiones visitadas por el poeta. Si hubiera que caracterizarla de algún modo, su decir tiene un rasgo extático intenso, casi místico, que se expresa en versos de gran concisión y síntesis (es un maestro en la composición del haikú) o en métricas más extensas, pero que siempre surgen de una experiencia anterior, inefable, que está más allá de la palabra, y del cual el poema es a la vez atisbo y vestigio. El lenguaje pierde en sus poemas su correlato exterior convencional y construye una referencia interior autónoma y distinta, como la de los sueños, es un lenguaje desprovisto de cualquier función utilitaria e instrumental, que no hace cosas, sino que, simplemente, es. El poeta sólo puede merodear aquello señalado e indecible: "Lo salvaje no tiene palabras/ (...) Lenguaje, pero no palabras". Ese carácter extático de su poesía le otorga a la mirada del poeta sueco un tono de contemplación inmóvil, de quieta distancia, incluso en los momentos en que las imágenes se tornan oscuras, melancólicas y perturbadoras.
Las dos antologías traducidas por Mascaró son equivalentes en calidad e interés. El cielo a medio hacer trae el regalo de una deslumbrante autobiografía y, Deshielo a mediodía , la ventaja de tratarse de una versión bilingüe que permite al lector realizar interesantes comparaciones. De esta última compilación transcribo el siguiente poema titulado "En la Europa profunda": "Yo, casco oscuro que flota entre dos puertas esclusas,/ descanso en la cama del hotel, mientras alrededor despierta la ciudad./ La alarma silenciosa y la luz gris penetran/ y me suben lentamente hasta el próximo nivel: la mañana.// Horizonte escuchado. Algo quieren decir, los muertos./ Fuman, pero no comen, no respiran pero les queda voz./ Voy a apurarme por las calles, como uno de ellos./ La catedral ennegrecida, pesada como la luna, hace flujo y reflujo".
El poema de Tranströmer pende de ese "yo" inicial ("casco oscuro flotante entre dos puertas esclusas·") que, como un barco navegando, es un yo inestable, en movimiento de ascenso y descenso. El ritmo y los contenidos del poema son crecientes, avanzan desde la cotidianidad del dormir y el descansar a la revelación de la mañana (en la primera estrofa), desde la voz escuchada de los muertos hasta la visión final "que hace flujo y reflujo" (en la segunda).
Al primer verso, de una sintaxis complicada (que es resuelta por el traductor añadiendo las comas), verso de significado abstruso pero de tono ominoso, le siguen otros en apariencia más llanos, luminosos y corteses. Con todo, la mañana ( morgonen , en sueco) a que asciende el poeta al final de la primera estrofa no es una mañana cualquiera (como lo sugieren las tensas combinaciones "alarma silenciosa" y "luz gris"), sino una cierta prolongación del dormir hacia la ciudad que viene al encuentro del durmiente. El horizonte no es algo que se vislumbra sino que se escucha: es la voz de los muertos, los muertos de esa "Europa profunda", que el poeta persigue por las calles de la ciudad despierta y que lo conducen a aquella "catedral ennegrecida". La luna, un ícono romántico -alterada por el atributo "pesada"- sugiere una marea (flujo y reflujo) que conduce al poeta a la luminosidad penumbrosa de la catedral ennegrecida. Lo "ennegrecido" de ella, ¿No alude acaso a alguna pérdida fundamental?
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