Pedro Gandolfo
Domingo 15 de Enero de 2012
El horror cotidiano


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En Todo lo que tengo lo llevo conmigo , la última novela de Herta Müller (1953, Nytzkydorf, Rumania), la Premio Nobel efectúa un lúcido ejercicio de reconstrucción narrativa basada en las notas tomadas por su amigo, el poeta Oskar Pastior, cuando fue enviado hacia los campos de reconstrucción de Stalin después de terminada la Segunda Guerra Mundial.

El narrador protagonista, Leopold Auberg, un joven de 17 años, lleva un registro de los acontecimientos que jalonan sus cinco años de confinamiento. En una maleta improvisada con la carcasa de un gramófono, Leopold recoge los objetos que le acompañarán en este incierto viaje. En un vagón de ganado los agentes rusos reúnen a todos los rumano-alemanes entre 17 y 45 años para destinarlos a los campos de trabajo. El consuelo -casi de carácter metafísico- al que se aferrará Leo es la sentencia de su abuela al despedirse: "Sé que volverás".

La dimensión del presente narrativo sumerge al lector en un grado de asfixia brutal y le compromete con las atrocidades que van dando cuenta los episodios del relato. Para tentar un análisis de Todo... quizá sea conveniente escindir entre el contenido de la historia y su estilo, aunque ambos interactúan de manera sinérgica con un desplante abrumador. Los capítulos -normalmente cortos- tocan aspectos cotidianos de las tareas asignadas a los reclusos, presentados por el narrador desde una perturbadora desafección, como si su carne y sus huesos no estuviesen afectos a las humillaciones y miserias que con crudeza le desgarran. Quizás sea ese punto de vista el que sostiene el hilo de su sobrevivencia; Leo lo identifica con una figura imaginaria, una suerte de alter ego, al que llama "el ángel del hambre" y que recurrentemente visita su conciencia para recordarle que puede morir o vivir un segundo más.

La fórmula de sobrevivencia de Leo es dotar de nuevos significados a las palabras, "resignificar" los pequeños objetos que construyen su desgraciada integridad. Se aferra a la palabra, a comprender los límites de aquello que humaniza -el lenguaje mismo- pero que ha sido corrompido por el absurdo de la masacre, cuando el poder y la cobardía del género humano pisotean toda forma espiritual de entendimiento, solidaridad y amor. El lector encuentra formulaciones excelsas en su belleza poética y, a la vez, desgarradoras en sus contenidos. Cada frase de Müller es un mazazo en la cabeza. La certeza de la hermosura y el horror van aparejados como las imágenes de un espejo que no pueden dejar indiferente al lector: "Si no había por la mañana, por la noche no tenía un mendrugo de pan ni nada que decir. Había aprendido a comer despacio, a tragar saliva después de cada cucharada de sopa. El ángel del hambre decía: la saliva alarga la sopa, y acostarse acorta la noche". O más adelante: "Todos caen en la trampa del pan. En la trampa de resistir el desayuno, en la trampa de intercambiarlo en la cena, en la trampa de la noche con el pan ahorrado en la cabeza. La peor trampa del ángel del hambre es la trampa de la resistencia: tener hambre y tener pan pero no comerlo. Ser más duro con uno mismo que la tierra congelada. El ángel del hambre dice todas las mañanas: Piensa en la noche". O respecto de la muerte: "El último golpe de suerte es unagotadesuertedemás. Sucede al morir. Todavía recuerdo que cuando Irma Pfeifer falleció en la fosa del mortero, Trudi Pelikan chasqueó la boca poniendo los labios como un cero enorme y dijo en una palabra Unagotadesuertedemás. Yo le di la razón, porque al retirar a los muertos se les veía aliviados de que en la cabeza se hubiera calmado al fin el nido rígido, en el aliento el columpio mareante, en la barriga la sala de espera vacía". O luego: "En la época de pielyhuesos yo no tenía otra cosa en la cabeza que la eterna cantinela machacona que repetía día y noche: el frío corta, el hambre engaña, el cansancio pesa, la nostalgia consume, los chinches y los piojos pican. Yo quería negociar un trueque con las cosas que, sin vivir, no estaban muertas. Quería negociar un intercambio de salvación entre mi cuerpo y la línea de salvación arriba, en el aire, y las carreteras polvorientas abajo, en la tierra".

Herta Müller no se anda con ambages a la hora de inscribir en su lírica el acaecer de esos episodios aparentemente prosaicos con que reconstruye la historia de Oskar Pastior y, por extensión, la de miles de seres que han sufrido la proscripción, la tortura, la humillación, el asesinato. Su prosa es directa y llana y compone cadenciosamente con notable brillantez la trama de su narración. Su compromiso con la defensa del hombre y de lo humano vuelve imperativa la revisión de su obra.

Herta Müller
Nytzkydorf, 1953.
Escritora rumana de lengua alemana. Desde su época de estudiante de literatura rumana y alemana se opuso a la dictadura de Ceausescu, lo que la obligó en 1987 a exiliarse en Berlín, donde vive desde entonces. Traducida a 21 idiomas, mereció el Nobel de Literatura en 2009 por su capacidad para describir "el paisaje de los desposeídos". Entre sus últimas obras traducidas al castellano están El hombre es un gran faisán en el mundo y los textos autobiográficos reunidos en El rey se inclina y mata.

Cada frase de Müller es un mazazo en la cabeza. La certeza de la hermosura y el horror van aparejados como las imágenes de un espejo que no pueden dejar indiferente al lector.

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