Camilo Marks
Domingo 22 de Enero de 2012
El fin de la inocencia


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"Yo no sabía que nuestra amistad no daría más que para un rotativo de barrio, acaso para un sinopsis de una película de Barba Roja, no daría ni para otro chistecito con final patas arriba de Condorito, ni para una nota al margen de mi cuaderno corcheteado. Quiero decir que si algún día pasan la película de los piratas, vampiros y soldados de madera, y mis padres logran verla, el paisa que realice el montaje tendrá que cortar los pedacitos de nuestras aventuras y se los tendrá que regalar a los niños que necesitan un trozo de celuloide para mirar los eclipses",

Estas palabras, dichas en la conclusión de El pequeño comandante , tercera novela de Rodrigo Díaz Cortez, indican no sólo el término de la relación entre Benito, el protagonista narrador, y Jim, su compañero de correrías, sino algo mucho más profundo: el fin de la infancia. Con apenas ocho años, Benito sabe que no volverá a ver a sus padres: son detenidos desaparecidos. El lector lo intuye y luego asume los hechos como parte de la vida del infante. Sin embargo, en el transcurso de la novela Benito jamás se entera de lo que pasó con ellos, por lo que damos por sentado que sabrá la verdad cuando sea adulto, mucho tiempo después de los acontecimientos relatados en El pequeño...

El héroe se cría con sus abuelos en el pueblo de Paitanás, a orillas del Huasco y, a pesar de su edad, intuye que pasan cosas que no entiende, sea porque los mayores deciden escondérselas, sea por la existencia protegida que le imponen. El único momento de crisis se produce el día en que vuelve de la escuela y le dice a Samuel, jefe del hogar, que odia a sus progenitores, ya que dejaron de comunicarse con él y no han mostrado el más mínimo interés en su persona. Samuel lo reprende severamente, le da razones de peso y el asunto parece quedar zanjado en la tranquilidad de las explicaciones autoritarias. Pero a los pocos días Benito recibe una carta manuscrita, en la que su padre le dice lo mucho que lo quiere y le cuenta que en ningún momento deja de pensar en él. El sobre viene sin estampillas ni matasellos y el muchacho reconoce enseguida la caligrafía del abuelo. A continuación, se da cuenta de que algo ha sucedido con sus padres y, más aún, que el reencuentro con ellos será imposible. Es un instante brevísimo, el único realmente conmovedor del libro. Díaz Cortez evita el melodrama, emplea el tono menor, y la situación política es un telón de fondo de equívocos, gestos -la abuela retirándose al baño a llorar, el señor Amigo que acude en las noches a hablar en secreto con el abuelo-, alusiones o incidentes mínimos que no alteran la tensa calma del poblado norteño.

El pretexto novelesco es una suerte de diario de vida que lleva Benito y aun cuando es un recurso manido, Díaz Cortez no abusa de él: a veces pensamos que es el mocoso quien está escribiendo, a veces sentimos la presencia del autor omnisciente que conduce los hilos de la trama. El pequeño... funciona a partir de una mente inquisitiva que tantea, busca e indaga y, al pasar a la acción, comete unas pocas transgresiones.

Paitanás sería la localidad más aburrida del planeta si no fuera por la inventiva de Benito. La televisión, en blanco y negro, está apagada y cubierta por una funda plástica; muy avanzada la historia, se prenderá para que los personajes vean "Sábados Gigantes". En cambio, la vieja radio está sintonizada en el "Diario de Cooperativa". Para entretenerse, el chico se sumerge en un mundo de piratas, vampiros y, por supuesto, soldados. Los corsarios usan sables y son nobles, los uniformados metralletas y son peligrosos. Su mejor amigo es Jim, hijo de un piloto de la FACH que presumiblemente participó en el bombardeo a La Moneda. Jim es fornido y tiene ocurrencias bastante locas. Juntos asisten a las primeras protestas en Paitanás y juntos desentierran el tesoro de sus fantasías, un baúl que contiene fotos y una serie de documentos comprometedores para la familia de Samuel, quien, al informarse de la travesura, decide que se puede confiar en Jim. O sea, todos los seres humanos, provengan de donde provengan, saben guardar secretos.

El pequeño... es un texto sin retórica ni grandes ambiciones. Ahí reside su especial gracia, su peculiar encanto: lo que no se dice es más importante que lo que se muestra. Para algunos puede resultar monótono o lánguido, si bien es difícil sustraerse al misterio de lo oculto, que debe ser desentrañado por el lector. En pocas páginas, contemplamos una tragedia en sordina y el fin de la inocencia.

11 Comentarios publicados
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ingrid maria victoria lara leon
22/01/2012 12:33
[ N° 1 ]

A veces en los libros que, aparentemnte no tienen mayores pretenciones, demuestran tener una fuerza que conmueve y los lleva a ser un gran libro. El Pequeño Comandante es una muestra de ello, que nos lleva a nuestos recuerdos inborrables de la infancia, y de aquellos amigos que uno pensaba que eran para siempre?.Ademas este libro, toca un tema, que por lo menos para mi, es de una gran importancia : que se hicieron los hijos de muertos y desaparecidos?, que fue de ellos?, como fue su infancia, solitaria o protegida?, es un tema que no se ha tocado en profundo aqui en Chile. Ingrid

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Hans Seemann
22/01/2012 14:07
[ N° 2 ]

Lo mismo le puede haber pasado a tantos hijos de Carabineros muertos.

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Ernesto Parra
22/01/2012 19:41
[ N° 3 ]

Sí, lo mismo puede haberles pasado a los hijos de carabineros muertos, con la diferencia que su número es ínfimo comparado con el de las víctimas de la represión del estado -con eso no estoy minimizando las pérdidas humanas, solo constantando un hecho objetivo-, que actuar con la impunidad que da el estado tiene una definición en el orden jurídico nacional e internacional y que no se sabe de carabineros o uniformados que sean detenidos desaparecidos o ejecutados sin entrega de restos a sus familiares.

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Andrés Jazme Pimentel
23/01/2012 10:28
[ N° 4 ]

¡Como viven algunos del dolor ajeno! Explotando el morbo y avivando odios. El facilismo intelectualoide da para todo.

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Germán Tapia
23/01/2012 18:50
[ N° 5 ]

No creo que tratar en forma literaria la peor tragedia de la historia de Chile, que es la de los detenidos desaparecidos y ejecutados políticos, sea un facilismo intelectualoide. Por el contrario, me parece mucho más impactante y revelador que no hayan muchos, muchísimos más libros sobre la materia. Incluso si nos detenemos un poco, llegaremos a la conclusión que gran parte de esos libros consisten en documentos oficiales y multipartidarios, como el Informe Rettig, el de la Corporación deReparación y Reconciliación o el de la Comisión Valech, a los que habría que agregar estudios de historiadores, sociólogos, filósofos, ensayistas y toda clase de escritores y escritoras relacionados con las ciencias sociales,pero no con la literatura. Porque si nos detenemos un poco, descubriremos, con estupor y asomb ro, que el gran tema de la segunda mitad del siglo XX en Chile y la peor tragedia de nuestra historia, apenas han merecido un espacio, y muy secundario, en nuestra narrativa, sea en forma de cuentos o novelas. Los dedos de una mano o, para no exagerr, los dedos de ambas manos, sobran para enumerar relatos de calidad y novelas de categoría qe aborden esos temas, ese tema. Que es el gran tema pendiente de nuestra historia y también de nuestra literatura, querámoslo o no.

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Bernardo Gutierrez
23/01/2012 22:27
[ N° 6 ]

Hace tiempo que trato de valorar las opiniones ajenas, sobre todo si son contrarias a las mías, y en ese sentido me merecen pleno respeto las del Sr. Seemann y del Sr. Jazme Pimentel, Nºs 2 y 4, respectivamente. Sin embargo, escribir sobre el reciente pasado histórico chileno mostrando heridas que siguen abiertas no me parece morbo, facilismo intelectual o desconocimiento de las víctimas de uno u otro lado, porque cada escritor elige el punto de vista que le parece mejor y tiene plena libertad de hacerlo.

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Fernando Herrera
23/01/2012 22:29
[ N° 7 ]

El libro me parece que debe ser bueno, aunque no tanto si puede resultar monótono o lánguido. En todo caso, lo leería si me lo regalan, ya que hay ahora demasiada oferta como para perderse en historias más o menos insignificantes.

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Elena Latlippe
25/01/2012 16:41
[ N° 8 ]

Un libro es bueno o malo por su estilo, sus recursos literarios y su capacidad para atraernos, independientemente del tema que trate, de que sea o no sea de carácter político.

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Nuvia Jarpa
25/01/2012 16:45
[ N° 9 ]

Me llama la atención que muchas veces las críticas literarias de Camilo Marks provoquen reacciones políticas. Es cierto que él no es nada de resbaloso y dice lo que piensa, pero ha dado probas y muy sobradas muestras de objetividad, si es que eso existe, cuando critica mal obras de autores cuyas ideas no debe compartir y trata muy bien a otros de quienes debe disentir, en suma, creo que es muy abierto, plural y democrático, de modoq ue no veo a título de que sale eso de los hijos de carabienros muertos o el facilismo y la explotación del odio.

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Margarita Fernandez
26/01/2012 20:04
[ N° 10 ]

Eso del facilismo y la explotación del odio lo vengo oyendo desde hace ucho tiempo, creo que es lo más fácil y explotable hablar de facilismo y explotación del odio cada vez que se escribe un libro que se refiere a nuestro pasado reciente en lugar de meterse en temas supuestamente modernos, light, drogas, tribus urbanas o las tonterías que se escriben ahora.

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Ulises Gomez
27/01/2012 16:26
[ N° 11 ]

De acuerdo con Margarita Fernández, Nº 10, sin embargo, yo no descalificaría ningún tema como tema narrativo o literario, porque a veces lo que parece light o de moda, también puede produdir obras de calidad, entonces hayq ue tratar de ponerse un poco en el lugar de los autores, sin descalificar los temas que eligen.

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