Mauricio Purto
Sábado 10 de Mayo de 2008
Bajando el Everest

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La mañana del 16 de mayo de 1992 amaneció espléndida a ocho mil metros, en el Collado Sur del Everest. Lentamente empezaba a sentir que su cercana y lejana cumbre era ya parte de mis recuerdos. Lentamente también me incorporé del saco de dormir... Eran las ocho de la mañana. Ang Rita, el fiel sherpa que había compartido los momentos decisivos, me instó a darle curso rápido al descenso.

Hacía muy poco que nos habíamos parado a 8.848 metros. Pero no había tiempo aún para celebraciones. La brisa no muy suave nos advertía que este lugar, el repulsivo Collado Sur, no era nuestro lugar. Sabíamos que cada minuto allí era menos vida. Cuatro noches habían sido suficientes para comprobarlo. Tres de ellas aguardando una brecha en el clima, un claro externo e interno para osar la cumbre soñada.

Con Ítalo Valle, mi hermano de las cumbres, no habíamos cruzado saludo desde antes de salir, la madrugada del 15 de mayo, rumbo a lo que a la postre resultaría como el primer ascenso chileno del Everest. Había abandonado su intento sin oxígeno en el Hombro, a 8.500 metros, "porque me iba quedando dormido". Al salir de mi cobijo de plástico, vociferé algo entre la ventisca. Emergieron de pie, de la carpa vecina, Ítalo y Fernando Luchsinger. Levantamos las manos en señal de triunfo, pero más que eso, como alivio. Me acerqué a ellos.

"Estoy feliz de que estemos todos juntos de nuevo, sanos y salvos", fue la felicitación de mi eterno compañero de cordada.

Desbordante de amistad, compartiendo el amor y la gratitud de la cumbre, que daba y da para todos, compartí con él mi sentir: "Te esperé en la cumbre, porque siempre soñé escalarla contigo. Pero no estuve solo, compadre, y afortunadamente pude abrazarme con otro chileno, como les contó seguramente Ang Rita". Sin intercambiar más pormenores del mágico doble ascenso chileno del Everest, retomamos el descenso al valle.

En oleadas viscerales comenzaba a rumiar la cumbre, que miraba a vistazos esporádicos sobre mi hombro derecho, cuando la atención podía salir un poco de la estrepitosa pared del Lhotse que desescalábamos cautelosa y sólidamente.

Otras oleadas de sentimiento se fundían en amor y pesar por mis pares, que llegaban desde los ojos a mi corazón, y de vuelta a los ojos. Quizás proyectaba su frustración de no tocar la cima. Su propio proceso. Pero la cumbre bastaba para todos los guerreros de la montaña que lo hicieron posible.

Luis García permanecía siempre a mi lado. Me sentía como Hillary, cuando sus pares lo respaldaban y protegían aquí mismo, sobre la cabecera del Valle del Silencio. Me contaba de no haberse atrevido a continuar hasta la cima cuando a 8.600 metros perdió el control de su aparato de oxígeno. Pero se notaba radiante. Como montañero sabía que la cima era el logro de la expedición, y por supuesto que era suya. "Lucho" García me miraba con admiración, me daba palmazos: "El Everest, tío... el Everest", no se cansaba de repetirme.

Hambrientos, nos hicimos de una lata de lentejas acopiada en un depósito estratégico a 7.200 metros, descongeladas con jugo de naranja tibio y tragadas ipso facto.

Y seguimos bajando. Hasta el Valle del Silencio, casi plano. Una pequeña comitiva de hombres nos avistaba desde el campamento 2, a 6.500 metros de altitud. Allí decidimos dormir. La gran carpa estaba tibia con el sol de la mañana. Sudoroso me desprendí de mis atuendos y me recosté sobre el plumón. Seguí respirando. Feliz, porque no me había ido aún, porque sabía que estaba viviendo el sueño despierto, aún en los hielos del Everest. La Madre Diosa de las Montañas me acogería otra noche en su gélida abadía.

Luego sería demasiado tarde. Un recuerdo para compartir imposible y lejanamente. Ahora respiraba los frescos recuerdos en su seno mismo, con la intimidad y la libertad que sólo he conocido en las montañas.

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