Mauricio Purto
Hace poco leí a un montañero que firmaba con el seudónimo "Pajarito" en un blog donde afirmaba no admirar a nadie. Tremenda proyección esa que lleva a psicologizarla en un desgarro monumental, un quasar del alma, y que recordó -guardando las diferencias- los escritos de Mark Twight, un gran escalador ochentero que me sorprendió hace muchos años con sus relatos en la revista estadounidense "Climbing", en un estilo crudo, directo, demasiado asertivo, incluso para un país como Estados Unidos, donde la libertad de expresión no es una simple declaración de principios.
Las primeras líneas del blog me conmovieron ipso facto, no sólo por lo descarnado de su autoanálisis, ni por el contenido -bien negro- sino por la forma de expresar su propia miseria, quizás tras algunos intentos fallidos de cruzar las grandes aguas.
Recordé a Twight y, en el fondo, recordé mi propio estado, veinteañero, un vómito existencial, en la negación pura. Un estado que si no inmoviliza, y se traduce en acción, puede levantar catedrales...
Releí el blog y me conecté con ese estado del alma. Entonces yo había volcado ese eterno vacío, esa eterna insatisfacción, en subir montañas... Pero sí admiraba, no había perdido la capacidad de asombro, y veía en otros espejos, más allá de la repugnancia... Entonces conocí el budismo, y la dura práctica de la compasión hacia uno mismo y los demás, y a ver todos sus defectos en uno, y tolerar, y a estimularme también con sus virtudes. Y admirar. Y crecer. El modelo. El superhombre. Porque no somos todos iguales...
Mark Twight y el anónimo bloguero conectaron con suave melancolía a ese fondo del alma que me estimuló en el afán de las cumbres. Esa luminosa y transparente oscuridad, ese vacío total donde nace la creación y la destrucción... Por eso me gusta la prosa de Bukowski y la de Henry Miller, y subir cerros y arriesgar, con o sin estado físico, flaco o gordo, judío o árabe, blanco o negro, con o sin sherpas, por la arista o la pared, con o sin oxígeno, por puro gusto. Por ese espacio de conciencia que me ubica de vuelta en la urbe, chocante siempre, tras una experiencia en la montaña.
Como Twight, cuando se describía lleno de mierda, y de amor, quizás reflejándose, frustrado por su incapacidad de treparse a la pared del Nuptse, y al mismo tiempo encarcelado en la paradojal separación en medio de la multitud.
Desde entonces le he seguido la pista a Twight. Porque se expresa, se expone a los demás, no por amor a los medios, sino para dar su visión. Twight se la cree, y no tiene pelos en la lengua. Un montañista duro que sabe escribir bien, relatando sus aventuras de un modo luminosamente sombrío, rezumando una mezcla de Nietzsche y de Osho, donde no me cuesta proyectarme.
Por eso me paré del computador, agradecí al bloguero, y fui a la cueva a buscar un libro de Twight, "Alpinismo Extremo", donde escalando ligero, rápido y alto, y "cagándose en las diferencias", me proyecté, mientras la noche se hacía día, entre el humo y el café, y los recuerdos, y las páginas, que regalaban puro placer.
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Posteado por: Norman MacMillan Kuthe 13/07/2008 20:53 [ N° 1 ] |
gracias por ese articulo...son pocos los iluminados en emol. no nos conocemos pero estamos en lo mismo. un abrazo. Norman |
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