Armando Roa, el famoso maestro de psiquiatría, me habló del "Estado de trema", el ánimo de los artistas antes de entrar al escenario. Una tensión que si se desborda es fatal, y que si no se tiene, también. Le dije que tremar era prestado del latín, del italiano "tremare", y que en español significa temblar, y que cuando uno está ya temblando, generalmente es porque uno ya fue desbordado por la emoción. "Quizás", me replicó el agudo médico de almas. "Lo que ves como temblor puede ser por dentro un terremoto. Pero lo que realmente importa no es la dimensión de esa emoción, sino el hacerse uno con ella". Lección de vida.
Entonces no entendí mucho al sexagenario sabio. Poco me había expuesto a pruebas mayores, salvo el primer beso o algunos exámenes de medicina. Pero el tiempo les fue dando mayor sabor a sus palabras cuando me enfrenté a mis primeros grandes desafíos como montañista.
Ahora el proceso es más consciente. Antes de partir a la montaña, tengo una sensación de recogimiento, a la que soy más atento hoy. Un sentimiento casi corporal que obliga a centrarse, algo como tratar de hacer todo y estar en todo a la justa medida. Como si este modo de hacer las cosas en la montaña se trasladase a la vida cotidiana antes de partir. También me cambian los sueños, que evocan ese mismo sentimiento de despierto.
A este proceso psicológico, si se quiere espiritual, lo llamo "ponerse a tono". Un sentimiento que llama a prepararse físicamente. Y a algo más. Porque erróneamente podemos pensar que ponerse a tono es sólo entrenamiento físico-técnico. La vivencia de la montaña exige algo más. Y quizás como yo he estado muchas veces, el cuerpo se acuerda de esto, antes, cuando sabe que va a regresar.
Hace un tiempo, Eliseo Salazar me comentó: "Hay tres deportes. Las carreras de autos, las corridas de toros y el montañismo. El resto son juegos... Esto es de Hemingway", subrayó; pero yo sabía que también era de él, y mío.
Quizás por eso, antes de partir a las cumbres, se da más este "Estado de trema", que lleva a una introspección que prepara, que "pone a tono", que se suma a la excitación del reencuentro, nos concentra. Este estado interior que vivimos antes de partir es importantísimo. Porque facilita el reencuentro. Porque, como reza el proverbio, no hay montaña fácil.
Quizás subyaciendo a una codicia de poder, el juego de medirse, de ser más que el otro, dificulta esa introspección previa, necesaria, ese "ponernos a tono", y por ende el arte del acecho y su consecuencia, el ritmo de la acción y de la no acción. En otras palabras, decidir lúcidamente cuando se puede y cuando no se puede subir, y por dónde. Para poder toparnos con la montaña más difícil del mundo con la misma emoción que vislumbramos antes de partir. Haciéndose uno con ella...
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Posteado por: José Andres Garrido Parraguez 26/10/2008 19:53 [ N° 1 ] |
Gran reflexión doctor! ...es que a mi me pasaba eso antes de una competencia (fui ciclista). Obviamente son cosas diferentes, incomparables.. o tal vez lo sean pero muy distintas. Me quedo dando vueltas la frase de Don Eliseo! ..asi me gusta llamarle a los grandes del deporte en Chile. Es que lo que el dice tienen mucho en comun. El automovilista, el torro y el andinista comparten un desafio individual... se ven enfrentados a las leyes de la naturaleza y a la naturaleza misma. La gravedad, la inercia y el instinto animal... nose bien como definir lo apasionado, controlado, aperrado y afortunado que se debe ser para vivir alguna de esas experiencias. http://www.flic Le dejo unas fotitos, son mias y aunque no son de las montañas que usted ha subido quizas le guste alguna. Saludos doctor.. Adios! |
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