Muchas veces recurrimos al argumento del mal clima para explicar nuestra "derrota" en una montaña por no llegar a su cumbre. Pero generalmente no es el clima lo que nos derrota, sino nuestra incapacidad para aguardar el momento oportuno. Por diversas causas: por no tener más tiempo, quizás por obligaciones con el "mundo de abajo", porque se agotó la energía, el "punch", o porque dejó de apetecernos la escalada.
En el Himalaya, muchas veces vi expediciones que llegaban muy tempranamente a la temporada propicia, la primavera septentrional, y se iban también tempranamente, desgastadas por el clima y sin aprovechar el monsoon break, o ventana del monzón, las pocas jornadas estables que se producen antes de los temporales monzónicos, los vientos húmedos y cálidos, provenientes del océano Índico, que asuelan desde el mes de junio.
Nos pasó en el Cho Oyu, en 1987, cuando arribamos temprano en marzo a Katmandú, y nos adentramos por Nepal hasta la base de esta montaña de 8.201 metros, considerada ahora por las hordas un ochomil fácil. Quizás por el Tíbet, pero no por Nepal, por donde la subimos. Entonces era la montaña más alta escalada por chilenos y latinoamericanos. La cumbre la logramos muy temprano, un 29 de abril, y por lo mismo sufrimos ferozmente para hacerlo. Un clima horrendo que no nos concedió tregua, uno que otro día intercalado con puras tormentas de viento y nieve, y que nos costó el congelamiento de todos los dedos de los pies a Ítalo Valle y a mí, calzados con botines interiores de fieltro y zapatos de plástico. Un detalle.
Ya de regreso al valle, el clima de mayo nos regaló días de sol primaverales, de pura felicidad por habernos medido con una gran montaña de ochomil metros que nos regaló su cumbre. Un regalo costoso, fruto de la perseverancia, de ese no irse de la montaña, de no desgastarse lo suficiente, y de esperar. Para ilustrar la lección del veterano andinista Jorge Quinteros, aliado en el Everest: "Cuando uno va de expedición, uno se va a vivir a la montaña, a otro tiempo, y con esto quiero decir que hay que tomarse todo el tiempo del mundo, estar ahí, sin sentir el magnetismo del mundo de la ciudad".
Esos días primaverales de éxtasis nos enseñaron también que la lucha quizás hubiese sido menos ardua de haber partido más tarde y usar todo el mes de mayo, sin reparos de regresos, muchas veces a la nada, al tiempo del mundo sima... Sí, llegamos muy temprano, pero igual logramos pararnos en la montaña, con el peor clima que jamás viví en el Himalaya, mediando luego otros tres ascensos de montañas de más de ocho mil metros, incluido el Everest.
Estas líneas, guardadas en el diario de viaje, resumen el sentimiento antes del ascenso definitivo: "Extrañamente no soy presa del mundo de afuera en estos días previos, tus frases que ahora visualizo me dan fuerzas para esperar. El horizonte único del alma me dice: 'ten calma, cuidado, sé aliado del viento, ya eres uno con ella'...".
Sin duda, mi primera expedición a esos lares, al Cho Oyu, fue la más dura. Pero allí aprendí tres cosas fundamentales, actitudes que hicieron la diferencia de pasar por la cumbre: el irse a vivir a la montaña, darle tiempo, no apurar el regreso, estar ahí, como en la lección de mi maestro Quinteros. Aprendí también a acechar el momento oportuno, y a no culpar al clima. Porque después del temporal viene la calma.
El tiempo para uno mismo y, en el caso de los montañistas, el tiempo para subir montañas, es quizás la mayor riqueza. Partimos a la montaña por muchas motivaciones: desafío, poder, libertad; pero el montañismo es más que un deporte, es una forma de vida, y convivir con la montaña, darle tiempo, es la prueba. Entonces el mal clima es un momento más, y esperar la bonanza, un acto de libertad.
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Posteado por: denis ariel cuevas vallette 06/07/2009 10:14 [ N° 1 ] |
Mauricio: tengo 35 años y he sido un admirador de tus proezas, asi tambien de tus poéticos relatos, aprendo de cada detalle que entregas, aunque no explícites técnica. Recuperé la relación con el montañismo después de haber visto morir a un compañero en Villa la Angostura, en un gimnasio, demostrando tirolesas, pasarelas simples, dobles y todo aquello, me golpeó porque el me dice "déjame yo me tiro"...lo recuerdo cada vez que armo un anclaje, cada vez que subo un volcán, cada vez que camino por un filo con viento, cada vez que recuerdo que la vida es corta y no debe haber actividad mas linda que aprender a ser persona en la montaña, me inscribí en este blog para interactuar con un maestro. |
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Posteado por: cristian martinez martinez bontes 07/07/2009 10:13 [ N° 2 ] |
Maurico te escribo aqui, por el reportaje de las cumbres del Santo padre J PabloII, increible, me emocionaste traspasaste la pantalla, lo admiro, gracias por tu trabajo y pasión. |
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Posteado por: Ramón Olfos Ayarza 16/07/2009 02:10 [ N° 3 ] |
Mauricio, como decía mi abuela; DE POETA Y LOCO, TODOS TENEMOS UN POCO. En el caso tuyo de los dos hay mucho,... aparentemente. Me gustaría poder leer tus otras columnas, ya que traspasas la vivencia de las montañas a la vida en si misma y así debe ser en todo lo que hacemos, pero hay que saber distinguirlo y apreciarlo. |
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Posteado por: Joss Seta Aro 28/08/2009 10:18 [ N° 4 ] |
La vida en sí es una alegoría al montañismo...por eso el montañista en algo de sabio se transforma sin que lo quiera. |
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