
DR. MAURICIO PURTO
¿Qué hay detrás de un Eddy Merckx, aquel ciclista imbatible que pulverizara todas las marcas y expectativas más allá de lo impensado? ¿O detrás del salto largo de Bob Beamon? ¿O de las brazadas de Mark Spitz?
En el estrato de alto rendimiento deportivo nos encontramos con seres que sobrepasan "fácilmente" a sus congéneres, predestinados quizás a las preseas olímpicas, y que aun en esta élite fulguran con luz propia, donde no todos los que llegan a "la punta de la pirámide" son estrellas.
La imposible dicotomía mente-cuerpo impulsa a la ciencia a encontrar una explicación tangible a estas acciones bien llamadas titánicas. Dirán del corazón de Merckx, o del ángulo de entrada de las extremidades anteriores en el agua y la mínima mutación del eje de Spitz, y, acercándose más al meollo, de la exacerbación del "black power" de toda la delegación negra que competía en los Juegos Olímpicos de México 1968, cuando Beamon saltó un imposible de casi nueve metros.
Por supuesto que la medicina intenta hallar una explicación o traducción a estas acciones en nuestro cuerpo, la herramienta, su objeto de disección última, hurgando las capacidades demostradas por los hombres, sobre todo a nivel locomotor o aeróbico. Así distingue biotipos, es decir, constituciones humanas que van más acordes, es decir, que son más eficientes para desarrollar determinadas disciplinas. Longilíneos en el salto alto, gigantes lanzadores, breves y estilizados gimnastas... También podemos constatar en mediciones anatómicas, fisiológicas y bioquímicas los cambios corporales inducidos por el ejercicio, y responder en parte a las diferencias de rendimiento entre los distintos hombres. A nivel sutil, a nivel fisiológico y neurológico, hallamos cambios, más imperceptibles, como una exacerbación de los reflejos espinales, por ejemplo. Más allá, cuando se refiere a capacidades integradas a nivel cerebral, entramos en lo inconmensurable. Aquí la relación entre capacidad y anatomía es imposible, como la disección del cerebro de Albert Einstein, que no arrojó diferencias con los de otros humanos.
Que no podamos medir aún no niega las diferencias. Es más, ¿qué más medición que una competencia atlética? Y ¡qué más diferencia que los resultados!
Sin duda que el cuerpo es una herramienta perfectible. Cuando entrenamos sosteniendo, cada vez con más eficiencia, un gesto en el tiempo, inducimos cambios perceptibles por nosotros y los demás. La voluntad de entrenar cambia nuestro cuerpo en pos de ejecutar cada vez mejor nuestra rutina. Esto debe entenderse como una homeostasis, es decir, una adaptación de nuestro organismo a los cambios del medio ambiente, y, en este caso, el cambio es la mayor carga de ejercicios del entrenamiento. Con voluntad, un atributo mental, asumimos con perseverancia una carga, una dosis de movimiento que nos cambia finalmente nuestro cuerpo y, por supuesto, también nuestra mente, todo nuestro ser. Porque como me lo recordara Elías Figueroa, el mejor futbolista, "la repetición hace la perfección".
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Posteado por: jean noveroy pizarro 11/05/2009 14:40 [ N° 1 ] |
creo que todo esta en la mente... de los tres ejemplos el del belga merckx lo corrobora ...solo revisar su historia |
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