Dr Mauricio Purto
La enfermedad por calor se desarrolla fundamentalmente cuando la deshidratación coincide con la producción excesiva de calor por el ejercicio y una temperatura ambiental que impide su disipación por radiación, convección y conducción, desde la superficie de la piel, sumado a otras radiaciones solares a las que se expone e intensifican el estrés del atleta.
Nuestro organismo tiene excelentes mecanismos para regular la temperatura corporal y mantenerla en 37 grados Celsius. Aquí nuestra piel puede ser entendida como un gran radiador, que aumenta o disminuye la radiación calórica, desde y hacia el medio ambiente, con la llegada de más o menos sangre a ella. Esto sucede mediante el control de la dilatación o la contracción de los vasos sanguíneos dérmicos.
En condiciones de frío ambiente, la piel se ve pálida. Llega menos sangre. En condiciones de altas temperaturas la piel se pone rubicunda: llega más sangre para disipar a través de ella el exceso de calor corporal. La piel también contiene glándulas sudoríparas, con un prodigioso mecanismo para excretar agua y minerales.
Esto es importante cuando la temperatura ambiental es casi la de nuestro cuerpo, porque entonces no podemos disipar calor desde nuestro cuerpo al medio ambiente por radiación. La transpiración permite la disipación de calor cuando la temperatura ambiental es casi la nuestra, porque el agua de la transpiración acarrea calor al medio ambiente en su contacto con el aire, lo que llamamos convección. Pero perder agua y sales tiene problemas. Y debemos recuperarlos más temprano que tarde, de lo contrario nuestro rendimiento deportivo puede afectarse gravemente, al punto de ponernos en riesgo vital.
Nuestro cuerpo produce todo el tiempo calor, y durante el ejercicio esto se acrecienta. Calor y ejercicio largo e intenso son una mala combinación, sobre todo en los hábitat húmedos cuando la eficiencia para disipar calor de la transpiración baja en forma notable.
Cuando nuestros mecanismos de regulación de temperatura fallan, acecha la hipertermia, el alza de temperatura del cuerpo, que resulta de su incapacidad para mantenerse estable alrededor de los treinta y siete grados Celsius.
La hipertermia se traduce en una serie de síntomas: debilidad, fatiga, sensación de abombamiento de la cabeza y pérdida de conciencia, entre otros, que dan forma a la enfermedad por calor.
La obesidad, la mala condición física, la falta de aclimatación o costumbre al calor, y ciertas drogas como diuréticos, anticolinérgicos, fenotiazinas, antihistamínicos y el alcohol etílico nos hacen más vulnerables a desarrollar una enfermedad por calor.
Hace ya bastante tiempo que sir Adolph Abrahams advirtió que el único riesgo serio para la vida que conlleva el ejercicio intenso es el "golpe de calor".
Así y todo, organizadores de eventos deportivos, entrenadores y los propios deportistas olvidan el peso del aviso de Abrahams.
Los calambres son síntomas leves de una enfermedad por calor, aunque son dolorosos y, de preferencia, afectan las pantorrillas y el abdomen.
Probablemente resultan del desbalance del sodio, el potasio y otros minerales, cuya pérdida en la transpiración afecta la electricidad de las células musculares y su contracción. Junto con los calambres acechan la debilidad general y síntomas cardíacos y neurológicos... cuando acecha un síncope por calor...
Sir Adolph Abrahams advirtió que el único riesgo serio para la vida que conlleva el ejercicio intenso es el "golpe de calor".
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