
Caminar por un filo o una arista de montaña es quizás de las sensaciones más maravillosas que los andinistas podemos vivir, por su profundidad, por el movimiento de los planos que atisbamos en el campo visual... Un deleite estético, que nos sumerge también en las profundidades del ser...
Quizás por eso está de moda "correr en el cielo" (o "skyrunning"), que, más que trepar -y además del deleite estético-, es una disciplina competitiva que se desarrolla en altitud, allende los cuatro mil metros. Los atletas que la practican -cerca de mil en todo el mundo- corren sobre los altiplanos del Tíbet, sobre el Monte Kenya, sobre el Monte Blanco o el Rosa.
Cada año se está desarrollando un circuito mundial de "skyrunning'', con pruebas fuertemente selectivas, analizando, incluso desde el punto de vista médico, la respuesta de los competidores a las exigencias de la carrera. En estos momentos se ha iniciado el registro de los atletas, y, en un futuro cercano, se ve el advenimiento de entes del tipo Federación de Deportes de Altitud.
Quien teme la invasión de estos maratonistas de la montaña puede estar tranquilo: el "skyrunning'' requiere un tipo de escenario bastante particular; a menos que se extienda a todo tipo de flancos montañosos, algo que ya sería otra cosa, es decir, escalada en velocidad. A lo más se podrá discutir el hecho de que las montañas tiendan a transformarse en arena de competición.
Personalmente tiendo a evitar congregaciones en el silencio de las montañas; y en este tipo de carreras sí se produce. Sin embargo, siento gran admiración por el esfuerzo atlético llevado a cabo en las pendientes. Léase esquí, escalada, montañismo, y también este "skyrunning". Como la escalada que siempre usamos los montañeros, y que ahora brilla con luces propias en estadios bajo techo, el "skyrunning" no es nada nuevo.
Frescos en mi memoria están los recuerdos de mi adolescencia en las serranías costinas de Melipilla, y mi evasión, satisfacción, o nirvana diario, al encontrarme conmigo recorriendo, o mejor dicho, corriendo los lomajes que se levantan sobre el río Maipo al poniente de la ciudad.
Gran parte de mi estado físico, y la resistencia al esfuerzo prolongado -y cuando hablo de prolongado me refiero a más allá de las cuatro horas-, tiene su base en ese hábito que se prolonga hasta ahora. La visión de Melipilla siempre abajo, moviéndose entre mi pelo bañado en sudor, es una imagen que me ha asaltado en muchas vivencias cumbres del Himalaya, como si la existencia quisiera mostrarme en ese trote, y a modo de recapitulación, la semilla.
Pero volviendo al "skyrunning", como llaman ahora a mi meditación adolescente, ninguno de los "corredores del cielo" lo asume como una actividad a tiempo completo, aunque estos atletas se preparan igual con dedicación. Entre los más fuertes del momento se cuentan norteamericanos, italianos, franceses y españoles. Se trata de deportistas que participan con toda su energía frente a recompensas que no son comparables a las de otras disciplinas: el premio total de Cervinia, por ejemplo, era de once mil dólares; y la cifra para el vencedor de la clasificación general de todas las pruebas del año no superaba los cuarenta y cuatro mil dólares estadounidenses. Hoy el escenario ha cambiado, y los premios también.
Las carreras tienen como escenario el Monte Kenya, Castle Peak, el Breithorn, el Himalaya de Nepal, donde se desarrolla la carrera al campo base del Everest y el Tíbet, donde se corre "El Tibet Top Marathon", a una altitud de 5.200 metros, casi a la cota de la cumbre de nuestro vecino Cerro Plomo. Un desafío en el patio de nuestras casas. La invitación está echada. Una carrera ida y vuelta a la cumbre del Plomo desde la Parva. Hubo un tiempo en que fuimos los primeros en hacerlo.
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