
La primera expedición al Everest en que un aficionado podía pagar por un cupo en una expedición guiada fue en 1992, justo cuando se dio nuestro primer ascenso de la gran montaña. La expedición la lideraba Rob Hall, camarada e interlocutor afable. No pasó mucho tiempo y Rob se nos fue, guiando una expedición al Everest, traducida en el libro best seller de Jon Krakauer, Into Thin Air. Allí se narra la pérdida de más de una decena de clientes y sus guías, entre ellos Hall, para dejar en claro lo delicado del juego, cuando los clientes deben tomar decisiones de montaña sin ser montañistas de verdad.
En estos tiempos llamados posmodernos, el afán de las cumbres pasa a ser masivo y muchas veces un asunto caro. Y si se trata del Everest, lo es aún más.
Los pueblos que viven a los pies de los Himalaya lucran cada vez más con este afán de inexpertos probando fuerzas con las montañas más altas de la Tierra. Este viaje del ego a lo más alto, o a su abismo, cuesta cada vez más dinero. China, que domina el Tíbet, el Reino de Nepal y Pakistán, por el norte, sur y oeste de esta gran cordillera, cobran altas sumas por el acceso a sus montañas. Más, mientras más altas sean.
Cuando en 1987 escalé por primera vez una montaña gigante de ocho mil metros, el Cho Oyu, pagamos una suma que nos pareció un abuso: mil ochocientos dólares estadounidenses, por el permiso de escalada desde Nepal. Ahora suena irrisorio, pero era la primera vez que pagábamos por el derecho de paso a una cumbre.
Como efecto de la creciente demanda del turismo de aventura que se enfoca en las cumbres máximas, los precios de los permisos han escalado a la par con los cultores.
A fines del siglo XX, en Nepal, un permiso de ascenso a un picacho de ocho mil metros costaba 10 mil dólares. Al Everest, 50 mil. Por el Collado Sur, 70 mil. Sólo por el permiso, por el acceso, por abrirnos una puerta invisible al Techo del Mundo.
En 1991 pagamos 2.800 dólares por este permiso de ascenso. Pero justo antes de partir, en marzo de 1992, y aunque contábamos ya con el permiso, tuvimos que pagar una diferencia para completar 10 mil: el 'royalty' había subido.
Se plantea el tema de la legalidad de este tipo de medidas, que generalmente invocan a su favor argumentos de protección ambiental, para regular a través del cobro del acceso la cantidad de visitantes; es decir, la afluencia de escaladores.
La antítesis del cobro excesivo puede degenerar, en el caso del Everest y los otros trece ochomiles, en un asedio irrestricto, y sus consecuencias de impacto ambiental. Pero este tema es menor cuando se piensa que el turismo de aventura llegó a los ocho mil metros y el mercado es vasto. Los montañistas enfrentan el fruto de este fenómeno: deben tener cada vez más dinero para treparse a los Himalaya.
¿Qué otra forma de regulación podría intentarse? Éstos son los temas que deberá resolver el turismo de aventura en el siglo XXI. ¿Cómo se regulará el turismo a la Antártica, o a los picachos más altos de la Tierra? Quizás seguirá siendo el precio, como un objeto más del mercado.
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Posteado por: ramon barra barra 13/01/2011 16:17 [ N° 1 ] |
Hola Dr. M. Purto : felicitaciones por su columna y por su búsqueda trascentaly meditativa, de silencio y paz-conexión al alma-expansión de conciencia ,en los ocho mil. |
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