Chile antes era un país de montañas y no de montañistas. Ya no. Durante la década de los 90, el afán por las cumbres fue prendiendo en nuestra sociedad. Y fuimos testigos de la visita cada vez más frecuente de escaladores extranjeros.
La atención se volcará más a los Andes de Chile central, aún desconocidos y grandiosos. Las visitas de estos extranjeros son antiguas. Comenzaron con el conquistador, seguido por naturalistas -precursores pioneros como Darwin, Domeyko, Reichert, Bonacossa, Gervasutti u Osiecki- hasta llegar en nuestros días a alpinistas de la talla de Patrick Gabarrou, Gigi Mazzoleni o Kurt Diemberger.
Ha sido un fenómeno de lento contagio, hasta hace poco. Con el agotamiento de terreno virgen dentro y fuera de sus fronteras, los Andes centrales resultan un blanco obvio para ellos.
Desde el gran Mercedario por el norte al Planchón por el sur, con miles de cumbres inescaladas, ajenas a las sobreexpuestas del Himalaya o de la Patagonia, los Andes se constituyen en un paraíso terrenal, un llamado a la aventura.
Yermas, agrestes, solitarias y altas -aquí se yerguen las mayores alturas de la Tierra después del Himalaya-, estas montañas transportan a un mundo absolutamente desinsertado del urbano; y permiten viajar -como Alicia en el País de las Maravillas- a otro tiempo, más en silencio, y por páramos de soledad, aquella que depara un encuentro con uno mismo.
Duro. Desgarrador. Engrandecedor. Que nos para la muerte, sintiéndonos más vivos que nunca en nuestra eterna aventura al punto final. Los Andes centrales son mentales, y demandan templanza. En el Himalaya existen poblados de altura donde el hombre convive desde antaño con las serranías. Así, las faldas de esas montañas ven el deambular cotidiano de los habitantes de las alturas.
En los Andes, frente a casa, no hay poblados en terrazas, porque aquí el asentamiento es en el pródigo valle central. En comparación, nuestra cordillera está despoblada. Es más fácil llegar desde el campamento base del Everest al primer contacto humano, que desde los pies del volcán Tupungato.
El desamparo de nuestras montañas -y la posibilidad incierta de un rescate seguro-, contribuyen a su peso específico y preparan a las grandes expediciones, en un ejercicio que lentamente nos acerca a ser amos de nosotros mismos. Estas y otras consideraciones -más allá de los códigos de racionalidad, entre ellas el puro goce- nos mantienen despiertos y valida cada día nuestro trabajo de difusión de la montaña en y desde Chile.
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Posteado por: Víctor Rodrigo Reyes Coatts 07/03/2011 11:49 [ N° 1 ] |
Toda la razón Mauricio, nuestro "patio" es un lugar incrible y desconocido; con maravillas escondidas escondidas y peligroso. En lo personal, disfruto mucho conociendo la cordillera central y del sur, algunas del norte; son una fuente inagotable de belleza que enriqueze el espíritu y ayuda a tener otra actitud frente a la vida, más humilde, pero más esperanzadora. La Cordillera de los Andes es un gran regalo que nos dieron y que debemos respetar, conocer, cuidar y que las generaciones que viene hagan lo mismo. |
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