MAURICIO PURTO
"Mischief en Patagonia" tituló el gran explorador británico Hill Tilman los relatos de su expedición y travesía del Hielo Patagónico Sur junto al chileno Jorge Quinteros, y que visitamos ahora siguiendo sus pasos. Con Quinteros.
El Hielo Patagónico Sur es la expresión austral de los Andes, y conforma un vasto altiplano de hielo que se extiende por 450 kilómetros siguiendo la costa oeste de América del Sur, donde la cordillera se prolonga hasta sumergirse en el Estrecho de Magallanes. Se sitúa aproximadamente entre las latitudes 48º 14' y 51º 41' Sur, y longitudes 75º 5' y 73º 51' Oeste, y comprende un área de 14.000 kilómetros cuadrados. El 90 por ciento del área está bajo jurisdicción chilena, mientras que el resto cae en territorio argentino. La definición exacta de la frontera plantea un problema que aún no ha sido resuelto por los respectivos gobiernos, aunque muchas cimas máximas son reconocidas por ambas partes como puntos divisorios. Sin embargo, las sutilezas políticas quedan en el olvido cuando el explorador se encuentra cara a cara con los vastos parajes patagónicos donde reina sola la naturaleza.
La mayor parte de los glaciares que fluyen desde el Hielo Patagónico están en retroceso, con las notables excepciones del Pío XI y del glaciar Bismarcko Perito Moreno. Son enormes, muy agrietados y de rápido desplazamiento.
La altitud del altiplano helado varía entre los 1.200 y los 2.000 metros, con un promedio de 1.500. Aunque las montañas aquí no son comparables en altitud con aquellas de los Andes Centrales o de los Himalaya, la más alta es el cerro Murallón, con 3.600 metros, configurando una de las escenas de montaña más espectaculares de la Tierra. Un puñado de estas montañas, tales como el cerro Torre o el Fitz Roy en el flanco oriental, y las Torres del Paine un poco más al sur, son familiares a los turistas desde hace ya tiempo.
El Hielo Patagónico Sur ha permanecido en el desconocimiento principalmente por la extrema hostilidad de su clima, que, combinada con una topografía muy accidentada, hace de cualquier travesía allí un gran desafío.
A pesar de las expediciones pioneras de Agostini, de Tilman, y posteriormente de Shipton, la exploración a esta gélida frontera ha estado limitada a breves períodos de "buen tiempo", no obstante bajo condiciones muy adversas.
Datos meteorológicos hablan de que en un mes promedio hay un máximo de dos o tres días despejados. La mayor parte del tiempo, una gruesa capa de neblina lo cubre, creando así graves problemas de visibilidad y, por ende, de navegación durante cualquier travesía.
Las tormentas patagónicas ocurren con monótona regularidad y normalmente son de naturaleza feroz, con vientos que llegan hasta los 200 kilómetros por hora.
Es la tierra de las tormentas, el hielo de Quinteros, la que exploramos en busca de otra historia para nuestros documentales de Cumbres del Mundo. En TVN.
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