
El Líbano es el único país árabe sin desiertos. La perla del Oriente. Un país muy parecido a Chile, a menor escala; una estrecha franja de tierra con montañas al Este, y el mar muy cerca de Occidente. Es la tierra de los cedros, de los fenicios, de los bíblicos cananitas, del famoso poeta Khalil Gibran, del santo maronita Ver Charbel. Y la tierra de mis ancestros.
Hace mucho tiempo que soñé con viajar allá. Yo soy chileno, hijo de padre judío y de madre árabe, y me crié con mi familia árabe en Melipilla... Todos libaneses. Hilda, mi madre, era una mujer muy fuerte y bella. Me hablaba siempre que su familia nació en las montañas, en El Ahura, y que de ahí venía mi inclinación por el montañismo, que tenía que conocer su tierra, y se lo prometí.
Cuentan que el Líbano debe su nombre a la nieve de sus cordilleras, que siguiendo el creciente fértil de la península arábica, los cananitas al llegar vieron nieve y como no tenían vocablo dijeron "Leben", yogur. Cuentan también que al asomarse más allá de las montañas, sintieron el maravilloso perfume de los cedros, como incienso, "Luban".
Los griegos llamaron a esta tierra Feniqia -fenicia-, por el tinte púrpura de un molusco que compraban pagando cinco gramos de oro por uno de tinta púrpura, que se usaba para teñir las tocas, togas y capas de la curia. El Líbano ha sido por antonomasia un lugar de paso y de comercio entre Europa y Asia Menor, conquistado, desconquistado y vuelto a conquistar. Una tierra fértil con la mejor verdura y fruta, tanto como Chile, un paraíso de montañas con bosques de cedros que tapizaban las faldas de sus montañas antes de caer rápidamente a las aguas del Mediterráneo... Tras una larga guerra civil, el Líbano en paz nos esperaba.
Mi objetivo, conocer las montañas de El Ahura, donde nacieron mis abuelos, y grabar el Monte Líbano, la cordillera principal, donde subimos el Qornet Sauda, su cumbre más alta, de 3.088 metros.
Subiendo por muchos caminos diversos entre el mar y la montaña, donde no entendí la desidia de arreglar el camino Santiago a Farellones, porque el Líbano tiene cien de esos, llegué a El Ahura, al fondo de un valle, a los pies de montañas y acantilados. Un lugar que había visitado en sueños de dormido y de despierto. En una revolución de sentimientos entendí mi destino, y mi amor por las montañas. Vi la cruz que en la cumbre había plantado mi abuelo Ressalah Arab. Llevaba su rosario, regalo, que había llevado a la cima del Everest. Lloré placidamente, le agradecí a la vida, y a las Cumbres del Mundo.
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