En su hora, la designación de Beijing como sede de los Juegos Olímpicos 2008 fue considerada un triunfo mayor para la República Popular China. Pero al aproximarse el momento de celebrarlos, el sueño se ha convertido en una pesadilla, y en vez de constituir una vitrina para que los chinos puedan mostrar al mundo la ejemplar modernización de su país, se han transformado en la mejor ventana para observar que la modernización china carece de algunos elementos fundamentales para ser considerado un país digno en el siglo XXI: la democracia y el respeto a las libertades fundamentales.
Las protestas en Tíbet se iniciaron de un modo confuso, pero la reacción China no fue diferente de la que se ha registrado muchas veces desde 1959: represión policial y, según afirman fuentes locales, también militar; censura a los medios de comunicación; prohibición de ingreso a periodistas extranjeros e imputación de responsabilidades al Dalai Lama. Pero la situación mundial ya no es la de antes, y las Olimpiadas, con su largo recorrido de la llama olímpica desde Atenas a Beijing, han permitido que gente de todas partes pueda hacer sentir su opinión respecto del intolerante régimen comunista. Así, para los chinos, la hermosa tradición deportiva se está convirtiendo en una fuente de bochorno. En Atenas, Londres y París, las protestas fueron estruendosas, y en San Francisco, la antorcha circuló en secreto por calles atochadas sólo por la policía.
La tensión parece ir en aumento, jefes de gobierno del mundo desarrollado contemplan no asistir a la inauguración de los juegos, y el propio Comité Olímpico le ha pedido a China solucionar el tema del Tíbet. No parece, después de todo, algo insuperablemente complejo. Por de pronto, bastaría que el gobierno chino estableciera un diálogo formal con el Dalai Lama y liberara a los presos políticos, en especial a los periodistas. Con ello, probablemente desactivaría las actuales manifestaciones antichinas. Y, desde luego, sería indispensable que no continuaran los encarcelamientos, como acaba de ocurrir con el activista de derechos humanos Hu Jia: aun después de los disturbios en Lhasa, fue condenado a tres años de cárcel por escribir un ensayo crítico sobre el gobierno.
En este contexto, impensable hace pocos meses, se desenvuelve el viaje de la Presidenta Bachelet a Beijing, por demás valioso. Pero los hechos -aunque parezcan lejanos a la mayoría de los chilenos- afectan el significado de su visita, en especial ante la exigencia de quienes, como el senador Naranjo (PS), creen que ésta es una oportunidad de confirmar a Chile como un férreo e inclaudicable defensor de los derechos humanos.
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Posteado por: Mateo Clevermind Testa 13/04/2008 10:26 [ N° 1 ] |
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