La presentación periódica que hace el consejo del Banco Central de su informe de política monetaria (IPoM) ante la comisión de Hacienda del Senado se ha convertido en un hito, porque las opiniones del instituto emisor son ampliamente valoradas, por provenir de una entidad con alta capacidad técnica de análisis y que goza de autonomía del Gobierno.
Los antecedentes dados a conocer en esta oportunidad no constituyen novedad respecto de las presentes expectativas del mercado en materia de inflación y crecimiento económico, pero ratifican una percepción ampliamente generalizada: la variación del IPC este año va a ser superior a la inicialmente estimada, y la expansión del PIB estará por debajo de lo proyectado, configurándose así una muy negativa mezcla de mayor inflación y menor crecimiento. No obstante el valor de que un organismo independiente avale la referida percepción pesimista, en diversos especialistas queda la duda de si el ajuste proyectado (alza de dos décimas en la variación anual del IPC y disminución de medio punto porcentual en el límite inferior del rango de crecimiento) refleja adecuadamente la realidad que se avecina, o si, por el contrario, se trata de proyecciones que a corto andar se verán superadas por los hechos. El riesgo de esto último radica tanto en los alcances de un error de proyección para el prestigio de la capacidad analítica del instituto emisor como en las implicancias de una baja de credibilidad del Banco Central ante el mercado. Cuando esto último ocurre, la política monetaria pierde eficacia, pues en la práctica significa que, para lograr un mismo resultado, se requieren ajustes más profundos y, por ende, más costosos en términos de actividad y empleo. Por eso, un Banco Central autónomo debe ser especialmente cuidadoso en que las expectativas del mercado en cuanto a inflación no difieran de la meta oficialmente anunciada.
En la evaluación global que hace el Banco Central destaca el cambio respecto de la economía mundial. En esta oportunidad, su visión es bastante más negativa que en enero, y advierte un escenario de menor crecimiento en el mundo -especialmente en Estados Unidos- y con una recuperación más gradual. Esta visión más desfavorable justifica su intervención en el mercado de dólares anunciada hace algunas semanas, pero conlleva el riesgo de afectar más negativamente las expectativas locales, al aventurarse un escenario incluso más negativo que el percibido por el propio mercado.
En cuanto a la economía doméstica, hay un reconocimiento manifiesto de la pérdida de dinamismo en la tendencia de crecimiento, que se asocia en principal medida a la menor contribución de la productividad total de los factores. Esto es valioso, pero llama la atención que se atribuya al mayor costo de la energía una influencia casi exclusiva en este fenómeno. En la actual coyuntura, ese factor puede ser fundamental, pero hay muchas otras debilidades no mencionadas que explican esa menor fuerza y que sí son señaladas reiteradamente por diversos economistas (carga regulatoria, estructura impositiva, inflexibilidades en el mercado del trabajo, fallas en instituciones básicas del Estado) como causantes de una disminución en el potencial de crecimiento.
El análisis contenido en esta versión del IPoM constituye un innegable aporte al estudio de la coyuntura económica, y es enriquecedor en varios aspectos, pero presenta el problema de plantear la situación sin un equilibrado espíritu crítico. Debemos combatir la infundada sensación de que no habría mayores espacios de acción para modificar este escenario ni las tendencias de mediano y largo plazo, lo que no es efectivo.
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