Los cambios en los sistemas electorales se incluyen entre las reformas políticas más difíciles de llevar a la práctica, sobre todo cuando se pide realizarlos a los mismos parlamentarios que fueron elegidos mediante el sistema que se quiere modificar, y que en su gran mayoría aspiran a la reelección. Pedirles que los acepten es querer negar la naturaleza humana. Eso hace pensar que, para aprobar cambios al sistema electoral vigente o a la institucionalidad política, en general, es más conducente plantear que ellos entren en efecto no en la próxima elección, sino en la subsiguiente. Eso contribuiría a facilitar las reformas electorales, porque todos los parlamentarios las estudiarían con menos ansiedad. También haría posible que los distintos actores políticos evaluasen con más cuidado sus opciones.
Los numerosos anuncios actuales de pactos por omisión, de incorporación de diputados desplazados a partidos de inspiración regional, o de apoyos de movimientos políticos nuevos a candidatos de uno u otro sector político, no parecen obedecer a una reflexión profunda sobre las consecuencias de esas decisiones ni a un análisis meditado sobre cómo ellas serán recibidas por la ciudadanía. Más bien, parecen alentados por consideraciones tácticas, y muchas veces motivados por cálculos políticos erróneos o incompletos.
Por supuesto, todo lo anterior abre la puerta a acusaciones cruzadas, que a la postre llevan a que la ciudadanía se distancie todavía más de la política, sobre todo porque las materias de institucionalidad electoral son complejas y sus alcances resultan difíciles de entender.
En este sentido, las acusaciones que hace el oficialismo a la oposición en cuanto a que ésta avalaría la exclusión, y las que hace la Alianza respecto de que aquél no tendría ningún interés en limitar el intervencionismo electoral, finalmente no dan cuenta de las reformas que el país necesita para asegurar un sistema político estable y competitivo, así como un Estado eficiente, eficaz y neutral desde el punto de vista electoral. La población es suficientemente sensata para comprender esto, y sigue esta discusión con notoria distancia. El interés del país exige que estos asuntos se traten con altura de miras y que se avance hacia una institucionalidad electoral y estatal ampliamente compartida, que dé garantías a todos los sectores, y que también refleje nuestro contexto político general. Por ejemplo, un sistema electoral proporcional no parece avenirse bien con un régimen político fuertemente presidencialista como el nuestro. Dicho sistema aumenta la representatividad -que es un valor-, pero reduce la eficacia del Gobierno -otro valor-, que frente a un Congreso más fragmentado tiene dificultades para impulsar su agenda, sobre todo al no tener instrumentos reales para disciplinarlo, como sí los tiene en un sistema parlamentario.
La importancia del Jefe de Estado en la legitimación del sistema democrático hace pensar que, en un régimen presidencial, la eficacia es un valor relevante frente a la representatividad. Esto debería, lógicamente, invitar a pensar en sistemas electorales mayoritarios. El sistema electoral binominal ciertamente lo es, pero tiene el defecto de transformarse rápidamente en poco competitivo (aunque muchos sistemas proporcionales también lo son). Nuestros líderes políticos deberían poder aunar criterios sobre estos principios generales y acordar reformas electorales que aseguren el cumplimiento de los mismos, comprometiéndose, además, a su implementación a partir de 2013. Por cierto, estas reformas deberían incluir la inscripción automática y el voto voluntario, así como también una modernización del Estado que asegure su independencia del gobierno de turno e impida el uso de sus instituciones para fines electorales.
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Posteado por: manuel christian ayala espinoza 21/05/2008 11:48 [ N° 1 ] |
¿Democracia? |
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Posteado por: Rafael Enrique Cárdenas Ortega 21/05/2008 12:47 [ N° 2 ] |
El sistema binominal -la llave maestra de la institucionalidad legada por la dictadura y que todavía nos rige-, es intrínsicamente antidemocrático y, en tal carácter, no admite reformas ni perfeccionamientos, sino sólo su eliminación y reemplazo. De hecho, fuera de Chile sólo ha sido utilizado por la hace tiempo desaparecida dictadura comunista del general Jaruzelski en Polonia. Nuestra Presidenta ha afirmado para defender su reforma que, "La exclusión hace daño a la democracia". La verdad sea dicha, la exclusión es clara y definitivamente antidemocrática, pero mal puede hacer daño a una democracia de la que carecemos. Si bien la exclusión de fuerzas minoritarias de la representación parlamentaria, es en sí antidemocrática, el principal rasgo antidemocrático del sistema binominal, no reside en esta circunstancia, sino en que impide el triunfo de la mayoría, que es el fundamento de la democracia y, sin el cual, ésta no existe y hay que empezar a inventarle nombres de fantasía -como, "democracia protegida", "democracia de los acuerdos", "política de consensos", pero, en definitiva, nada que se parezca a la democracia representativa nacida en occidente y de la que nos enorgullecíamos hasta el quiebre institucional que dio inicio al período dictatorial, el que nos mantiene aún prisioneros de las instituciones diseñadas para el dictador por su ideólogo, Jaime Guzmán. |
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Posteado por: Rafael Enrique Cárdenas Ortega 21/05/2008 12:48 [ N° 3 ] |
El sistema binominal representa el máximo desprecio por la ciudadanía y ello se da en forma superlativa cuando las coaliciones presentan candidatos que corren solos o "blindados" (como Allamand o Arancibia), pero que -a diferencia de Pinochet en el plebiscito de 1988-, pese a llegar segundos, obtienen el cupo respectivo, merced al empate institucionalizado que representa el sistema binomina |
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Posteado por: Rafael Enrique Cárdenas Ortega 21/05/2008 15:49 [ N° 4 ] |
¿Cómo se puede seguir descaradamente afirmando que el sistema binominal es un sistema electoral mayoritario, cuando cualquier demócrata sabe que el carácter mayoritario de un sistema electoral, lo da el hecho de que esté diseñado para sobrerepresentar a la primera mayoría, como ocurre en los sistemas uninominales (como el inglés, en que se elige a un solo representante por circunscripción), en tanto que el binominal fue diseñado para obtener precisamente el efecto contrario, i.e., evitar el triunfo de la mayoría, mediante su subrepresentación y la simultánea sobrerepresentación de la segunda fuerza (66=33), provocándose así un empate artificial, que obliga a la fuerza mayoritaria al cogobierno con aquélla para evitar el inmobilismo que conlleva el poder de veto permanente que este antidemocrático sistema otorga a la minoría, con lo cual, el voto ciudadano pierde toda relevancia y pasa a ser un chiste? |
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Posteado por: Alejandro Vial Latorre 21/05/2008 19:47 [ N° 5 ] |
El sistema binominal es intrínsecamente perverso, pues ha permitido que las dos grandes coaliciones se hayan apoderado del país, sintiéndose muy cómodas. |
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Posteado por: Hernán Antonio Castillo Araya 21/05/2008 21:54 [ N° 6 ] |
De este comentario editorial se desprende: |
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Posteado por: Ricardo Alfredo Cifuentes Salinas 23/05/2008 22:48 [ N° 7 ] |
No tengo dudas, y ya se ha comprobado, que el gobierno interviene electoralmente en las elecciones, aunque eso no explica por sí sólo las derrotas de la oposición, pero decir que el sistema electoral es "mayoritario" ¿ Hasta cuándo intentan confundir ? . Este es un sistema diseñado para empatar, con lo cual distorsiona absolutamente la decisión ciudadana. Un sistema mayoritario es el que hay en Inglaterra, en donde el que saca un voto más, se lleva los dos cupos en disputa y no la farsa que existe aquí. Lo que pasa es que algunos le temen a la democracia por eso inventaron esta tontería, no quieren que las mayorías se expresen, esa es la esencia de la Democracia. |
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