Miguel Laborde
En los años del Centenario, vistos a la distancia, pareciera que el arte chileno estaba recién naciendo. Pero cuando uno mira la trayectoria de un Valenzuela Puelma -nacido en 1856 y que muere en 1909 tras una abrupta trayectoria de luces y sombras-, queda a la vista que ya en el siglo XIX tuvimos artistas maduros.
No le fue fácil encontrar un lugar en el paisaje humano nacional, porque tuvo, para bien y para mal, todos los rasgos del artista europeo del siglo XIX: temperamental, insolente, de ciega confianza en su talento, extravagante en el vestir, iconoclasta, talentoso, inconstante... insoportable. Incluso, protagonista de amores con escándalo, culpable de violencia intrafamiliar, al golpear a su esposa. Terminará divorciado de una mujer que, como sus vecinos, no soportaba verlo pintar desnudos femeninos. Tuvo tres hijos, entre ellos una niña de muerte temprana, dolorosa. Una familia que mantener, de milagro en milagro.
Casi cuesta creer que un artista tan dotado, que pudo haber convivido con los genios italianos del Renacimiento, haya brotado en Valparaíso a mediados del siglo XIX. Aunque es muy posible que este puerto, el más cosmopolita de Chile entonces, con población inglesa y alemana aficionada a las artes, haya sido el mejor lugar para nacer. Como los niños de ese origen, antes de los 10 años tocaba piano y pintaba, y a los 12 ya inició su educación formal como artista, que culminó con una beca en París, donde el taller de Benjamín Constant y las visitas a museos le abrieron el mundo. Era el año de 1881 y tenía 25 años.
La estrechez económica lo obligaría a copiar obras célebres, hacer encargos, lo que conspiró contra sus posibilidades de ser un artista de primera línea, para lo cual tenía el talento. Podría haberse confundido en la marea de pintores de todo el mundo que confluía en las calles estrechas de París, pero una y otra vez prefirió estar aquí. No era nada de fácil, pero el desafío de aportar a la creación de un ambiente artístico, en lo que chocaría con un Pedro Lira más convencional, siempre lo apasionó.
Entre hambres y viajes, tal vez el período más pacífico lo vivió en su Valparaíso natal como director del Teatro de la Victoria, en el que organizó pioneros salones de pintura. No durará mucho, y por sobrevivir tendrá que volver a esa Francia que lo respetó desde que en 1885 diera a conocer "La perla del mercader", obra de excelencia. Francia, y también España, lo admiraron más que Chile.
Vivió siempre torturado, y así fue su final, perdida la razón, solo, trabajando en cualquier cosa, atrapado finalmente por esa miseria que siempre lo persiguió, acogido en un hospital para insanos mentales en las afueras de París. Era 1909, hace cien años, cuando tenía 53 de vida. Su última obra fue "La madre feliz", antes de desquiciarse. Antes de los 40 años había presentado signos de personalidad extraña, pero, por su condición de artista, los síntomas no fueron tratados. Era un artista nuevo, sin Dios ni ley, creando un mundo nuevo. Nadie lo entendería.
D'Halmar, profético, lo escribió: "Tanto le repiten que está loco, que al final terminará por enloquecer". Años después apareció un aviso en "El Mercurio" invitando a recolectar fondos para repatriar sus restos. Porque nunca olvidó a Chile.
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Posteado por: luis fernandez bosch 26/07/2009 19:48 [ N° 1 ] |
Mi comentario es referente al sr. Felipe Camiroaga quien irresponsablemente declara en la entrevista que el accidente que tuvo Fernanda Hansen se debió a que le estaba enseñando montar a caballo sin ser él un profesional en materia de equitación, al menos profesor, en EE.UU. u otro país, no se salvaría de una buena querella la que por supuesto no va a tener por la relación que hay entre los dos personajes. |
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