Obama despachó más efectivos, cambió los mandos, fijó una estrategia que descansa en la contrainsurgencia más que en ataques convencionales, y está decidido a condicionar la ayuda económica al Presidente Karzai y a Pakistán. No ocurre lo mismo en Gran Bretaña, donde se han dañado las relaciones cívico-militares y se reprocha el subequipamiento e insuficiencia de soldados. Según muchos, el desinterés del gobierno británico provendría de una supuesta aversión de Gordon Brown por los militares, y de su política de defensa, que restringe el gasto militar y las inversiones en equipos y armamentos convencionales, en especial helicópteros.
La incertidumbre sobre el futuro de Afganistán crece: las víctimas y los costos de la campaña suben, los combates aumentan, se requieren más tropas. El cambio de una guerra convencional por la contrainsurgencia es complejo: exige proteger y reducir los daños civiles, aumentar el ejército afgano e introducir gobernabilidad y eficiencia administrativa para atraer a la población.
Pero esa estrategia requeriría más de una década para tener éxito. Asimismo, exige que el gobierno local asuma gradualmente el control y gestione eficazmente una mayor asistencia económica para el bienestar de su población. Más de 200 soldados ingleses han muerto en esta guerra, muchos más que en Irak y, con la disminución de efectivos en ese país, las víctimas que retornan a EE.UU. provienen de Afganistán. Adicionalmente, el gobierno del Presidente Karzai es incompetente, corrupto y con buenas posibilidades de ser reelecto el mes próximo. Lord Curzon, que fijó las fronteras entre Afganistán y Pakistán, sostenía que para controlar esa zona se requería una aplanadora que la recorriera de punta a punta, y agregaba que él no querría ser el encargado de manejar esa máquina.
Permanecen los intereses en juego: que Afganistán sea santuario del terrorismo internacional y que el caos en ese país no desestabilice a sus vecinos, en especial a Pakistán. Este último es el mayor peligro: con casi 180 millones de habitantes, 10 veces más que Afganistán, cuenta con un arsenal nuclear de más de 100 proyectiles; su economía está en ruinas; las autoridades civiles son débiles e incapaces de garantizar la seguridad; los militares se resisten a comprometerse en esta guerra y hay un amplio rechazo a la intromisión e influencia de EE.UU.
Pero no todas son malas noticias y complejidades. Progresan los estadounidenses, con mayor experiencia en la contrainsurgencia, y el ejército de Pakistán ha conseguido desalojar a los talibanes de algunas zonas en la frontera.
El convencimiento generalizado es que no hay que abandonar esta guerra, pues hay elevados intereses para la seguridad mundial, pero se necesitará de mucho apoyo interno en EE.UU., más medios, largo tiempo, y no será posible de ganar sin una resuelta participación de Pakistán.
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