Difícil definir este extraño sentimiento. Mezcla de dolor, desgano, angustia y falta de esperanza. A veces se parece a la melancolía de los antiguos —como la que padecía Hamlet— y que fue tan dignamente descrita por Robert Burton en su “Anatomía de la melancolía” (1621).
Además, las cosas que provocan tristeza son muy disímiles: desde la ausencia de un ser querido hasta un paisaje, pasando por determinados climas o una imagen periodística.
Tristeza puede provocar el llanto de un niño, el fluir de las aguas del río, la idea de la muerte o una biblioteca vacía.
De otra parte, hay personas tristes, países tristes, situaciones tristes, recuerdos tristes. Como palabra, posee un campo semántico tremendamente vasto. La Academia, con esa sabiduría suya milenaria, define tristeza como “cualidad de lo triste”. Y al adjetivo le consigna ocho acepciones diferentes: desde la aflicción y la pesadumbre hasta la insignificancia e insuficiencia.
En fin, es posible que no haya sentencia más lapidaria de oír que ésta: “Estoy triste”. Pues, ¿qué significa? ¿A dónde conduce? ¿Cómo se auxilia? Lo más extraño de todo es que, en cierta forma, la experiencia de la tristeza provoca al mismo tiempo una tenue y rara dulzura, un curioso solaz. Hay un cierto complacerse en la tristeza, un misterioso encantamiento. Tal vez —sólo tal vez— porque la soledad es todavía peor...
B.B. COOPER
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