La rapidez y entidad de los cambios, el ritmo del acontecer, a veces da vértigo. Una generación ha vivido desde la televisión hasta el mundo virtual de los computadores e internet, el viaje a la Luna, la realidad de lo global. Esa generación vivió un mundo bipolar, con una mitad comunista soviética. Eso, hasta hace veinte años, cuando cayó el Muro de Berlín y se abrió un nuevo capítulo en la historia. Hoy preparamos ese aniversario, cuyo significado y consecuencias son casi inagotables. Ocurrió en horas, como si estuviese escrito. Marcó el fin de los dos grandes bloques y del comunismo soviético, la unidad alemana, un nuevo planteamiento político e ideológico.
Una primera consecuencia del aniversario, aunque no se reconozca, es el Premio Nobel de Literatura. Una escritora hasta ahora casi desconocida, rumana de etnia alemana. Dicen los críticos que la suya es gran literatura, pero su temática central fue justamente denunciar lo que ocurría a la sombra del Muro.
Un hecho relacionado es el monumento a Juan Pablo II, tan discutido. Él fue, además de un notable Papa e inspirador espiritual general, una de las grandes figuras del siglo XX.
Sin hacer propiamente política, el carisma, la historia personal y su influencia fueron decisivos hace veinte años. Un monumento a su memoria parece lógico. Su significado no es única y exclusivamente religioso.
La decisión debiera probablemente limitarse a las características urbanas antes que al hecho mismo.
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