Kenneth Grahame (1859-1932) escribió ese maravilloso libro titulado The Wind in the Willows (“El viento en los sauces”), rara mezcla de fábula, relato de aventuras, parodia y bucólica evocación de los sentimientos más profundos que llevamos dentro.
Mal llamado un clásico de la literatura infantil, es en verdad un libro sin tiempo. Pues tampoco hay tiempo en las vidas de Ratty, Mole, Mr. Toad y Mr. Badger. Todo es, literalmente, como el viento en los sauces: quietud, belleza, vaporoso ensueño. Una dicha sin sombras en el horizonte, la soledad derrotada para siempre. El capítulo séptimo del libro, titulado The Piper at the Gates of Dawn (“El flautista a las puertas del alba”), es, en cierto modo, una síntesis del espíritu de la obra. Un capítulo complejo, mágico, profundo, conmovedor e inquietante a la vez.
Tras la simpleza de las acciones que ocurren a los animalitos, se esconden sugerentes pincelazos acerca de qué es lo realmente importante sobre la costra de la tierra, y un cierto sentido misterioso de la existencia. Si se quiere, cabal trascendentalismo pagano; pero que no deja por ello de embriagar con su hálito de ensueño. La figura e imagen del río tienen aquí un sentido esencial.
En fin, el topo y la rata de agua (Mole y Ratty) son el símbolo de la amistad más pura, plena y feliz. Ellos rezuman y resumen el objetivo final del libro: ser un canto a la vida, a la savia que la nutre.
B.B. Cooper
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Posteado por: Julia Flyte 23/10/2009 13:00 [ N° 1 ] |
Recuerdo haber leído "El viento en los sauces" hace muchos años y haber gozado con la sencillez de las conversaciones entre Mole y Ratty, las descripciones de la naturaleza y el río: verdes...¡Llenos de vida! |
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