A fe mía —dice el sabio Critilo— que el libro compuesto por Jorge Edwards sobre Montaigne es lectura de enjundia y calidez. Sin alardes de erudición, sin pedantería, con llaneza de lengua y chilenidad de expresión, este texto es inolvidable y refrescante.
No trepida mi mentor y amigo en reconocer hidalgamente que le había detenido el leer este libro la simple razón de que él, como buen lector de escondidas pasiones, no quería que alguien le estropeara “su” Montaigne. Pero lo más valioso —dice en un aparte—, lo más notable, es que este libro dice mucho a los que mucho saben, a esa comunidad de destino que conforman los letrados y los amantes del Ensayista. Entenderán un sinfín de alusiones, algunas tal vez impensadas por su autor, completarán los cuadros históricos con sus propias reflexiones y recordarán, maravillados, que quizá alguna vez quisieron tomar la pluma y dar cima a un texto como este.
Y para quienes saben poco, o nada (Dios sabe que son legión), este libro deleitará como una conversación amistosa con un gentilhombre que, como el otro, también se encerrará con mil libros a escuchar con los ojos a los muertos.
ANDRENIO
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