Si la vida no trascendiera, podría decir que cuando cae el telón en el teatro es como si todo acabase. Una angustiante sensación de vacío sobreviene, máxime si se trata de una obra conocida y amada. ¡Qué ganas de que jamás termine! ¡Qué deseos de vivir en el teatro, que la vida sea una función, y colarse entre escena y bambalinas!
¿Qué será? Tal vez una experiencia de infancia que difuminó las fronteras entre ficción y realidad. Tal vez un anhelo primigenio de que las cosas sean de otro modo, pues pueden serlo. Tal vez, en fin, porque el teatro esconde la verdad de lo que somos y es nuestra vida: esa materia de la que están hechos los sueños.
Lo más notable fue el viernes pasado. Terminó un ciclo de funciones de una compañía que representó "La tempestad" de Shakespeare. Y hubo una fiesta, a la que fui invitado. Todos de gala, aunque ellos mismos, no los personajes que habían actuado. Y pensé: "¿Qué hacemos aquí? ¿Qué están haciendo aquí? ¿Qué haces tú, Próspero, vestido de Alejandro, de Agustín? ¿Y tú, Miranda, con cara de Carolina o Natalia? ¿No eras acaso Stefano, el que ahora pareces José Miguel? ¿Y tú, Cristián, Calibán?"
No dormí aquella noche... Tía Waverly me ha consolado diciendo: "Niño, niño... ¡Eres tan sensible! Quisiéramos que la vida fuese un escenario, pero no lo es". Comprendo, y desearía que la violenta magia del teatro abjurara de su poder. O que al menos los actores no la olvidaran...
B.B. COOPER
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