Sería pintoresco, si no fuera más bien triste, examinar los ataques de intransigencia que unos sedicentes líderes de masas intercambian con las autoridades. Para tener afanes totalitarios no se necesita estar en la conducción política de nada. Basta con suponer que los demás no tienen ni podrían tener razón.
Por cierto —observa el sabio Critilo—, no se trata de posturas racionales. Tampoco razonables. Entre el discurso declarado y las intenciones reales puede mediar un mar de inconsistencias. Como todo espectáculo, no importa mucho qué se dice, sino cómo se escenifica. Estamos hambrientos de ideas, declaró una joven profesora a propósito del conflicto estudiantil chileno. Por ahora solamente escuchamos consignas y alguna que otra insolencia.
—Es de suyo evidente —tercia un interlocutor del sabio— que todo esto depende de la atención que brindan los medios de comunicación. Como están orientados a la noticia, y noticia es lo inesperado o lo impactante, cabe dudar de que contribuyan al debate. Y en ellos se fundan esas efímeras popularidades que, amparadas por rimbombante retórica, nos dejan en la perplejidad de lo ya escuchado mil veces. La intransigencia es ahora el reino de la monotonía.
ANDRENIO
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