Un niño comienza a caminar. Da sus primeros pasos, se vuelve más autónomo respecto de sus padres, pues ahora es capaz de trasladarse por sí mismo. Avanza, todavía titubeando, y tropieza. Se levanta de nuevo, y repite la historia de la vida, el milagro de la infancia, la risueña inocencia que experimenta más cosas a su alcance y observa con asombro el día que acontece.
Si para un recién nacido gatear es ya un progreso considerable (deja atrás la inmovilidad), caminar es un salto de primera magnitud. Todo le queda más próximo y, por tanto, las novedades poco a poco aparecen a su misma altura.
Los niños son, sin duda, el espejo más divino del hombre. Mirarlos sin rutina sirve para recordar que nosotros también fuimos niños; niños como los de hoy; sin malicia, sin incredulidad, sin desconfianza. Dimos nuestros primeros pasos bajo la vigilia y el cuidado de nuestros padres o de un adulto que nos quería. Era el albor de la propia vida, de la aventura que acompaña a toda existencia.
Aunque hemos dejado atrás el amanecer y el mediodía (quizás estamos, no lo sabemos, en la mitad de la tarde), atestiguamos en el niño que alza su mano para que se la tomemos, la gratitud a Dios por esa vida aún pequeña, un regalo cuyo envoltorio y contenido son sagrados.
RODERICUS
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