Jack London, prolífico autor de novelas de aventuras, fue quien primero bautizó como “quimera del oro” a la estampida humana que se volcó sobre San Francisco entre 1848 y 1855, convocada por el anuncio de que se había encontrado oro en las inmediaciones del río Americano. Luego la genialidad de Chaplin abordó el tema en un filme del mismo nombre, obra maestra del cine mudo.
En el lapso indicado, más de 300.000 inmigrantes llegaron a California, alucinados por la ambición de hacerse repentinamente ricos gracias a encontrar pepitas de oro, como las que recogió el capataz Marshall en el rancho del general Sutter. El oro es símbolo de poder y riqueza, atributos ambos por los cuales muchos desprecian salud, familia, dignidad y hasta la vida. Pocos logran éxito y todo se limita a imaginar como posible y verdadero algo que no existe, tal como le ocurría al protagonista de la película de Chaplin, haciendo de la existencia una quimera.
Conforme correspondía, también hubo chilenos participantes en la aventura del oro que viajaron en barcos zarpados desde Valparaíso, 303 naves sólo el primer año del desvarío. La mayoría eran típicos aventureros y otros derechamente bandidos. Entre ellos, el más destacado fue Joaquín Murieta, cuya nacionalidad reivindicó Neruda, calificándolo como “bandido honorable” cuya “memoria es un hacha de guerra”. En el Chile actual probablemente don Joaquín aún no habría sido formalizado.
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