Lo propio del taciturno es ser un hombre callado; en algunos casos ese silencio incluso llega al punto de que, como señalara el filósofo Mittelmann, "almorzar con un sujeto lánguido es otro modo de departir consigo mismo". Pero cabe también que un temperamento así conozca los encantadores vaivenes de la alegría. A nadie, ni siquiera a un hombre con tendencia a la tristeza, le está negada la posibilidad de experimentar la discreta dulcificación de los pesares, el alivio causado por cualquier verdadero regocijo. Al contrario, en una persona melancólica, la alegría puede asemejarse a una pausa de luz en medio de días cuyos horizontes son más bien nebulosos.
Frágiles ante el dolor, rehuimos como sea sus aproximaciones. En consecuencia, apenas atisbamos una pena, queremos que ella permanezca en la lejanía y suspenda indefinidamente su visita. Pero si su arribo no ha sido obstaculizado, bien cabe empujarla a una esquina y contenerla precisamente con la encendida antorcha del más mínimo gozo.
En medio de sus diversas situaciones, todo ser humano -mucho depende de su inclina- ción más innata- acentúa los aspectos más felices o los más desolados de su propia historia.
Quizás convenga aquí, una vez más, el justo equilibrio entre la exageración de un espíritu exaltado y el pesimismo de un corazón desmedidamente abatido.
RODERICUS
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